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Editorial

William Morón, el precursor

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Redacción general
Friday, March 20, 2026 10:39 AM
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Antes de Deiler Díaz, del grupo El Candil, del grupo Homo Sapiens, del grupo Carreta de la UPC, antes de Omaira Mindiola, Roberto Acuña, Naudith Rodríguez, John Bolívar, Boris Serrano y Rosa Cárdenas, entre otros, y muchísimo antes de Maderos Teatro, estaba William Morón.

Fue William el precursor de la dramaturgia en la región, por lo cual es considerado uno de los actores y monologuistas más icónicos del Caribe colombiano. Nacido en Urumita, La Guajira, pero vallenato y pacífico por adopción, Morón integró primer grupo de teatro (Luis Vargas Tejada), que nació en la Casa de la Cultura por iniciativa del director Álvaro Castro Socarrás, donde montaron obras clásicas del Siglo de Oro español: Fuenteovejuna de Lope de Vega, obras de Calderón de la Barca, Shakespeare y Alejandro Casona, bajo la dirección del experimentado Rafael Gámez Fragoso de Cartagena.

El gran sello de William Morón es, sin duda, los monólogos femeninos: ‘La rezandera', en honor a su madre Manuela Muegues en Urumita; 'La llamada telefónica', inspirado en María Uhía de Meza; 'El velorio', basado en los velorios de la primera clase de los pueblos que se realizaban en las casas; y 'Ay cuando yo iba al cine', en el que narra anécdotas de mujeres que trabajaban a las afueras del Teatro Cesar en Valledupar.

Lo que pocos saben es que detrás de esos personajes femeninos tan vívidos y tan nuestros hay una historia de vida apasionante. William Francisco Morón Muegues nació el 4 de octubre de 1949. Su madre biológica era de los Muegues de Urumita y su padre, Carlos II Morón, era de La Paz. Desde muy pequeño fue criado por su tía Luisa Morón, hermana de su padre, y a los nueve años llegó con ella a Valledupar, ciudad que lo adoptó y a la que él le devolvió el favor convirtiéndose en uno de sus más queridos embajadores culturales.

Su vocación artística se despertó temprano, cantando en el coro del Colegio Sagrado Corazón de Jesús bajo la batuta del profesor Pedro Morales. Pero fue en la Casa de la Cultura, bajo la influencia de directores llegados de Chile y Argentina —exiliados de las dictaduras del Cono Sur en los años 70— y de egresados de la Universidad de Antioquia, donde Morón forjó su formación actoral más rigurosa: expresión corporal, espacio escénico, historia del teatro desde los griegos hasta el teatro del absurdo, Stanislavski, Grotowski, Chéjov. Lo que no aprendió en el bachillerato —que no terminó— lo aprendió con creces en los escenarios y en los libros que él mismo se procuraba con disciplina autodidacta.

Fue también William quien ayudó a conformar el grupo El Candil, semillero generacional del teatro vallenato, que ensayaba a la luz de las velas en los apagones del Cañaguate —de ahí el nombre— y que llegó hasta las estribaciones de la Sierra Nevada y al centro del Cesar con Los papeles del infierno de Enrique Buenaventura. Entre los fundadores de ese grupo estaba un joven llamado Ricardo Palmera, quien años después el mundo conocería con otro nombre: Simón Trinidad.

Hoy, la vida le ha jugado una mala pasada: perdió la voz, a causa de una afección de salud. Ya no se escucha en la emisora: su persistente sirirí de “Los parques están sin arreglar” -que tuvo que cambiar, después que Tuto Uhía, descendiente de María Uhía, arreglara y construyera más de 70 parques en la ciudad. Lo cambió por otro más potente: “Las calles están sin arreglar”, con el que remataba sus intervenciones cotidianas en la sección Al Ruedo del noticiero de Radio Guatapurí.

Para un hombre de teatro como Morón, donde la mayor parte de lo que ha conquistado en su vida ha sido con el cincel de su palabra, perder la voz es una tragedia griega como Prometeo encadenado. En términos nuestros: como si a Emilianito Zuleta le cortaran las manos o a Poncho la lengua. Por eso desde aquí le enviamos este sencillo mensaje de reconocimiento a su grandeza.

Hoy, con más de cinco décadas de trayectoria, William Morón es el patriarca vivo del teatro en el Cesar. El director Deiler Díaz, quien le debe a Morón parte del legado que él mismo ha extendido, lo describe con precisión: "es el juglar del teatro caribeño." Y tiene razón. Porque William no solo actuó: abrió camino, formó generaciones y demostró que en esta tierra caliente y musical también era posible —y necesario— hacer teatro. El resto vino después. Él fue el primero.

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