No porque piense exactamente igual a mí. En temas que me importan profundamente —el aborto, la adopción igualitaria, el proceso de paz— tenemos diferencias claras.
Voy a votar por ella porque hay algo que hoy pesa más que coincidir plenamente con un candidato: que entienda que sus creencias personales no están por encima de la Constitución ni de las instituciones. En una época donde tantos políticos actúan como si ganar una elección fuera carta blanca para hacer lo que quieran, eso dejó de ser un detalle menor.
No porque sea mujer.
Ya he dicho que eso no es garantía de nada. Y sin embargo, no puedo ignorar el peso histórico de que al fin llegue una mujer a la presidencia de Colombia. Nos abriría puertas que hoy ni imaginamos y que sin lugar a dudas nos dejaría muchas lecciones.
Sé que muchas esperamos que ese techo lo rompa una mujer feminista. Lo entiendo y yo también lo deseo.
Pero oponerme a que lo rompa una mujer que piensa distinto a mí me parece un error. Estaría poniendo mis condiciones ideológicas por encima de algo que trasciende a cualquiera de nosotras.
No votaré por Paloma porque sea la candidata que sueño para el país.
En otro momento político, con otras opciones sobre la mesa, quizás querría algo distinto. Pero las elecciones no son un ejercicio de imaginación: son una decisión entre las opciones reales que existen. Y entre las que existen hoy, hay diferencias que importan.
Voy a votar por una candidata que no ha tenido miedo de debatir, incluso en escenarios incómodos y frente a personas que piensan distinto.
En medio de campañas en las que se han preferido los tarimazos, los fuegos artificiales, los monólogos sin preguntas, los tigres de inteligencia artificial y los aplausos fáciles, todavía valoro a quien se expone a preguntas reales. Y valoro también a quien no ha necesitado convertirse en un personaje o una caricatura para existir políticamente — que no ha bailado, ni ha hecho shows, ni ha actuado como alguien que no es, aunque eso le hubiera costado votos. Creo que la Presidencia de la República merece más dignidad de la que le hemos visto en los últimos años, tanto en el ejercicio del gobierno como en la forma de llegar a él.
Voy a votar por alguien que no necesitó violar la ley haciendo eventos masivos en plena restricción electoral para demostrar fuerza política. Parece increíble que eso haya que decirlo explícitamente, pero Colombia llegó al punto donde respetar las reglas básicas ya es una diferencia.
Voy a votar por alguien que no ha tratado a las periodistas que la incomodan de "ignorantes", ni les ha pedido en vivo que le hagan zoom en sus genitales. Que no ha usado demandas por injuria y calumnia como herramienta para silenciar a quienes la cuestionan. Que no ha generado una campaña de acoso contra periodistas que investigan su financiación. Que cuando otro candidato acosó a una periodista en vivo, no se quedó callada.
No es un estándar muy alto. Pero en estas elecciones también distingue.
Voy a votar por alguien que se ha sentado a conversar con sectores distintos, incluso con personas que no la apoyan ni la apoyarán. Porque gobernar un país no es administrar una barra brava como algunos quieren hacernos creer.
Porque me produce más confianza quien entiende que la democracia exige acuerdos, que quienes necesitan enemigos permanentes para existir políticamente.
Voy a votar por alguien que no se ha construido desde la superioridad moral. La invitación de Paloma a Fajardo - por quien siempre voté en primera vuelta- a tomarse un café el fin de semana pasado lo ilustró bien: ella lo invitó a conversar, él usó el encuentro para atacarla y recordarle quién es el verdadero dueño de la decencia en la política.
Paloma, en cambio, entiende — o parece entender — que legislar exige negociar, ceder, y sí, también tragar sapos. No es una traición a los principios sino la forma real en que las ideas se convierten en leyes.
Hoy decido votar por alguien capaz de reconocer diferencias, debatirlas y actuar en medio de su incomodidad, y no por quienes le hablan al país desde un pedestal. Colombia ya tiene demasiados políticos convencidos de que solo ellos representan la sensatez o la verdad. Gobernar también exige humildad.
Y sí, también influye Oviedo. Su presencia para mí es determinante.
Una persona que pudo decirle no a la vicepresidencia para concentrarse en ser el próximo alcalde de Bogotá merece reconocimiento. Demuestra que entiende el momento que vive el país y está dispuesto a poner en pausa sus aspiraciones personales para trabajar por otros.
Me parece valioso alguien capaz de decir cosas incómodas incluso cuando le cuestan políticamente. Ese desparpajo — que muchos le critican como imprudencia — es exactamente lo que me resulta refrescante en él.
Ya tenemos demasiados políticos calculando cada frase para no molestar a nadie.
No creo en candidatos perfectos. No existen.
Pero sí creo que hay diferencias importantes entre alguien con quien uno puede disentir dentro de la democracia y alguien que empieza a actuar como si las leyes fueran opcionales, las instituciones un obstáculo y el país propiedad de su proyecto político.
Hoy esa amenaza viene desde dos direcciones opuestas: quienes quieren cambiarlo todo a través de una constituyente y quienes llegan prometiendo "limpiar" las instituciones — un eufemismo que no es más que la primera página del manual del autoritarismo. Paloma en su trayectoria ha trabajado de la mano de la Constitución y entiende que no es un obstáculo ni un punto de partida para negociar — es el marco dentro del cual se gobierna.
Por eso voy a votar por ella.