Hay países que se parten de a poco, como la madera vieja bajo la lluvia: con crujidos casi imperceptibles, con grietas que tardan años en abrirse del todo. Y hay países que se parten de golpe, como roca en seco, y uno queda mirando los dos pedazos sin entender bien cuándo fue que sucedió. Colombia, en este año electoral de 2026, es ese segundo tipo de país. Y las encuestas —frías, implacables, desprovistas de toda retórica— lo dicen con una claridad que ningún editorial, ningún discurso y ningún panel de expertos ha querido aceptar del todo: este país ya no tiene espacio para los que no quieren mojarse.
Miremos los números como se mira una herida: sin apartar la vista. Iván Cepeda, senador del Pacto Histórico, heredero político del proyecto de Gustavo Petro, lidera la intención de voto presidencial con cifras que oscilan entre el 31 y el 37 por ciento según la encuestadora que se consulte. Invamer lo pone en 37,1. El Centro Nacional de Consultoría, en 35,4. AtlasIntel, en 37. Es decir: no hay un solo sondeo serio que lo saque del primer lugar. Enfrente, desde el otro extremo del mapa ideológico, Abelardo De la Espriella —abogado, retórico, destilado puro de la antipolítica de derecha— acumula entre el 18 y el 34 por ciento, dependiendo del método de medición. En Atlas Intel llegó a 34,7, a menos de un punto de Cepeda. La diferencia, en ese escenario, era de apenas un suspiro.
Dos hombres en los extremos. Dos proyectos que no tienen un centímetro de tierra común. Uno, la continuación —más disciplinada, más electoral, quizás más moderada en las formas pero no en el fondo— del experimento de izquierda que lleva cuatro años agitando el establecimiento. El otro, la reacción: visceral, directa, sin las finezas ni las ambigüedades de los políticos de carrera. Y entre los dos, un país que se ha cansado de las medias tintas, que huele la cobardía del que no quiere definirse, y que está dispuesto a votar con el estómago antes que con la cabeza.
El cementerio del centro
Mientras tanto, en ese territorio nebuloso que algunos llaman el centro político —ese espacio que huele a reunión de consenso, a foro de buenas prácticas, a declaración conjunta sin consecuencias—, el panorama es desolador. Sergio Fajardo, el eterno candidato de la razón serena, del diálogo fecundo y de la política sin odios, ronda el 6,6 por ciento en Invamer. Seis coma seis. Después de años de construcción de imagen, de libros, de conferencias, de la narrativa del tecnócrata honesto, de la Coalición Centro Esperanza que se deshizo como azúcar en agua: seis coma seis por ciento.
No es un número. Es un epitafio. Es la democracia diciéndole a los tibios, con su brutalidad acostumbrada, que la historia no espera a los que no se deciden. Que hay momentos —y este es uno de ellos— en que la neutralidad no es una posición política. Es una renuncia. Y el electorado colombiano, que tiene sus defectos pero no es tonto, lo está castigando con la única moneda que vale en política: la irrelevancia.
La tibieza es la enfermedad de los que temen al destino. Fajardo no está solo en ese cementerio. La carrera está sembrada de buenas intenciones que no lograron convertirse en votos. El centro, en esta Colombia de 2026, es tierra de nadie en el peor sentido posible: un lugar al que nadie quiere ir porque saben, instintivamente, que allí no se decide nada. Que las batallas, las de verdad, se libran en otro lado. Que los que gobiernan, para bien o para mal, son los que tuvieron el coraje —o la temeridad— de plantar una bandera.
La tierra que se raja bajo los pies
Cormac McCarthy escribió alguna vez sobre la violencia como algo que no llega de afuera, sino que emerge desde adentro, desde lo más profundo de la tierra misma, como si el suelo hubiera acumulado demasiado durante demasiado tiempo. La polarización colombiana tiene algo de eso. No es un fenómeno importado. No es el resultado de algoritmos ni de campañas de desinformación extranjeras, aunque todo eso también existe. Es algo más antiguo y más sencillo: es la acumulación de agravios, de desigualdades sin resolver, de promesas rotas y de décadas en que el establecimiento le dijo a la mitad del país que sus problemas no eran tan urgentes, que había que esperar, que el camino era gradual, que la moderación era virtud.
Esa mitad del país —la que vive en los barrios periféricos, en los municipios sin pavimentar, en las veredas donde el Estado llega tarde o no llega— encontró en Petro a alguien que gritaba lo que ellos callaban. Y ahora, a través de Cepeda, quiere prolongar ese grito cuatro años más. La otra mitad —la que tiene algo que perder, la que vio cómo la retórica de la transformación tocaba sus bolsillos, sus negocios, sus certezas— encontró en De la Espriella a alguien que les dice lo que quieren escuchar sin rodeos ni eufemismos académicos.
Y en el medio, los que no quieren elegir. Los que dicen que ambos extremos son malos. Los que creen que la virtud está en no mancharse. Que la limpieza moral se mide por la distancia que uno mantiene del barro. Esos, los encuestas lo confirman, se están quedando sin candidato, sin relato y, lo más importante, sin capacidad de influir en lo que viene.
El momento de definirse
Esta columna no viene a decirle al lector por quién votar. No es su función. Pero sí viene a decirle algo que nadie más parece estar diciendo con la franqueza necesaria: abstenerse de elegir no es una posición noble. Mirar desde afuera con cara de superioridad moral no es una estrategia política. Es comodidad. Es el lujo de los que no tienen nada en juego —o de los que se creen por encima de la pelea cuando en realidad solo tienen miedo de perder.
El país ha decidido que quiere el conflicto, que prefiere el choque de los extremos a la parálisis de la nada. Escoja usted su veneno. Elija la mano que ha de golpearlo o la que ha de sostenerlo, pero no se quede en el medio observando cómo los demás deciden su suerte. Tome una posición. Tome un bando. Porque en esta carrera de sombras, el que no se define termina siendo solo polvo en el viento de los que sí se atrevieron a ser algo.
Colombia está eligiendo en este 2026 el rumbo de los próximos años. No de cuatro. No de ocho. De los próximos veinte. Porque lo que está en disputa no es solo quién ocupa el Palacio de Nariño: es qué tipo de país quiere ser este territorio, qué modelo económico, qué relación con el pasado, qué pacto con las regiones olvidadas, qué mensaje le envía a las generaciones que vienen. Esa no es una elección que se pueda delegar en el silencio cómodo de quien no quiere mancharse los zapatos de barro.
Los extremos, con toda su crudeza, con toda su incomodidad, tienen al menos la honestidad de mostrar sus cartas. Dicen lo que son. Representan algo. Los tibios, en cambio, no representan nada. Y en una democracia que ya no tiene paciencia para los indefinidos, eso tiene un costo brutal.
La historia no espera
Hay una escena recurrente en la narrativa de las grandes crisis políticas. Un país en la encrucijada, y en algún rincón, un grupo de personas razonables, moderadas, convencidas de que la cordura siempre se impone, esperando que la tormenta pase sin tomar partido. La tormenta pasa. Y cuando pasan, esas personas razonables descubren que el mundo cambió sin ellas, que alguien más tomó las decisiones que ellas se negaron a tomar, y que ahora tienen que vivir con las consecuencias de una historia que no escribieron porque les dio miedo el bolígrafo.
Colombia está en esa encrucijada. Las encuestas la describen con una precisión que duele. Cepeda y De la Espriella no son solo dos candidatos: son dos síntomas de una fractura que ya no puede ignorarse con buenas intenciones y discursos sobre el diálogo. Son el reflejo de un país que tiene hambre, que tiene miedo, que tiene ira acumulada, y que ha decidido —en silencio, en las urnas, con la papeleta como única arma— que ya no aguanta más tibiezas.
Este no es un momento para los que no quieren elegir. Este es el momento en que elegir es el acto más político, más valiente y más necesario que existe. El terreno ya se está rajando bajo los pies. Los que no se muevan, se quedarán en la grieta.