Por Emiliano Piedrahita Porras*
La violencia sexual y abuso de poder, se dan cuando inicialmente se empieza con un acoso sexual, diferenciando que el acoso sexual, suele ser insinuaciones y comentarios del comportamiento del individuo, que generalmente van acompañados de insistencia permanentes casi que obligatorias, para que la víctima acceda a la pretensiones, sin embargo, existen momentos tan difíciles para las mártires, que ese simple acoso, se convierte en violencia física o agresiones verbales para intimidar.
Desde la antigüedad, se ha documentado agresiones sexuales y sometimiento, por ejemplo, en Grecia y Roma, era común ver dentro de los conflictos bélicos o esclavitudes esta practicas aberrantes, sin embargo la evolución ha pasado de actos normalizados bajo el patriarcado, a ser reconocidos y penalizados en diferentes partes del mundo, la diferencia es que en este mundo ya civilizado, el silencio es el cómplice y el compañero permanente de las víctimas.
El acoso sexual, es el pan de cada día, no solo en las empresas privadas, sino también, en los colegios, Universidades, Batallones, comando de policía, en los hogares cunado tienen el privilegio de tener amas de llave o simplemente aseadoras o niñeras, son escenarios propicios para esa práctica tan vil y monstruoso, dejando muchas veces una marca, que incluso no sana con el tiempo.
Las víctimas de acoso sexual y que tiene el sometimiento de una autoridad, tiene dos caminos difíciles de afrontar; el silencio que en muchas ocasiones va acompañado de acceder y el rompimiento del mismo, que le genera angustia, persecuciones, amenazas y frustración.
Cuando el silencio deja de existir y se convierte en valentía, quedan los asombros en la sociedad de aquellos que aparentaban ser los señores de la pulcritud, la decencia, la trasparencia y la honorabilidad, para convertirse en villanos escondidos en la sotana de la fama o el poder.
El sufrimiento y la angustia de las que callan, hace tanto daño, que son capaces de tirar a la borda su proyecto de vida, su futuro, incluso su familia, sin poder dejar a un lado la sombra del infierno que vivieron y la persecución de esos momentos desagradables en sus vida.
El silencio dejo de existir, con la valentía de aquellas periodistas que sin dudarlo expusieron ante la opinión pública lo que vivieron durante muchos años por acosos sexuales, por parte de quienes tenían el poder de decidir si seguían en el canal o no, valerosas mujeres que se cansaron de una humillación constante que irrumpían la tranquilidad de sus labores como comunicadoras sociales.
Las cifras de acoso sexual en Colombia, son alarmantes, preocupan a las autoridades que atienden las denuncias, pero que en realidad no existe acciones de prevención que mitiguen el riesgo de este fenómeno. Entonces el llamado es a romper las cadenas del miedo y dejar que el silencio no exista.
* Docente universitario.