Agradezco al colega Andrés Molina la lectura atenta de mi columna y sus observaciones. Sin embargo, su réplica parte de un supuesto que no corresponde a lo que yo planteé: que pretendí absolver a las redes sociales o a los llamados influencers del clima de crispación que intoxica la esfera pública. Nada más alejado de mi propósito. Si no los mencioné, no fue por pudor ni por cálculo, sino porque ningún texto puede abarcar todos los frentes del deterioro democrático simultáneamente. Uno escoge un caso paradigmático para ilustrar un fenómeno, no para agotar su complejidad.
Mi columna se centró en un hecho puntual: un comentarista, con micrófono de alcance nacional, afirmando sin sonrojo que estaría de acuerdo con que un país extranjero bombardeara Colombia. Ese exabrupto, pronunciado en radio abierta —y no en el anonimato digital—, ameritaba un análisis desde la responsabilidad profesional y ética que le asiste a quien interviene en un medio tradicional que conserva, le guste o no al colega, un peso simbólico y una capacidad de incidencia que aún superan a cualquier smartphone.
Que las redes sociales sean, en efecto, espacios donde la polarización se destila con virulencia, es algo indiscutible. Pero sugerir que señalar la gravedad de lo dicho en radio equivale a miopía selectiva es una falacia cómoda. No todo análisis es un inventario, y no por concentrarme en un caso debo asumir el deber de enumerar a todos los infractores del ecosistema comunicativo. Una columna es una lupa, no un censo.
En cuanto a la defensa de Blu Radio, celebro la reacción inmediata de Néstor Morales y de otros integrantes de la mesa. Pero la existencia de un correctivo no borra el hecho inicial ni su impacto. Un acto de rectificación no hace desaparecer lo dicho, del mismo modo que una fe de erratas no suprime el error cometido. Mi crítica al medio no es jurídica —como erróneamente interpreta el columnista— sino editorial: una invitación a reflexionar sobre cómo los medios tradicionales están permitiendo que discursos cada vez más extremos se cuelen en espacios diseñados para el debate responsable.
Tampoco atribuí responsabilidad penal ni administrativa a la emisora, de modo que traer a cuento el principio de responsabilidad personal es desviar la discusión hacia un terreno que no abordé. La reflexión apunta a otra cosa: a cómo ciertos formatos y dinámicas de opinión contribuyen, voluntaria o involuntariamente, a normalizar el exceso retórico.
Afirma el colega que callé frente a los “cortesanos digitales” del gobierno. No callé: simplemente no era el tema de esa columna. Si la regla fuera que toda columna debe abarcar todos los frentes de discusión, no habría página ni servidor que lo soportara.
Mi reflexión sigue en pie: cuando desde un micrófono nacional se legitima, así sea entre líneas o en tono provocador, la idea de bombardear el propio país, el debate público está tocando fondo. Ese era y sigue siendo el punto de mi texto.
Aprecio la invitación a afinar la puntería. Pero también conviene que la crítica no haga decir lo que nunca dije. La democracia, ciertamente, se fractura por muchos flancos; algunos los he abordado antes, otros los abordaré después. En esta ocasión me ocupé del que detonó la polémica: una frase inadmisible pronunciada en radio nacional.