Por Julio Mario Celedón*
Hoy reflexiono sobre la amistad, pues mi corazón está de luto por la reciente, inesperada y dolorosa partida de mi amigo de infancia y vecino por varios años; Juan Fernando Cuello Vélez, para sus amigos “Juanfer” o el “ovejo” remoquete que “Cachiche” Gonzalez, un amigo de infancia y de colegio, le puso por su sonora risa parecida al balido de una oveja, no para para amargarle la vida, sino para recochar.
Para la frágil y actual generación de cristal lo que hoy se conoce como bullying, para nosotros simplemente era mamadera de gallo y lo arreglábamos contra-punteando con otro sobre nombre, a quien nos la quería montar y a Juanfer sí que le fregaban la paciencia, precisamente por su temperamento jovial, como él era noble, recochero y casi siempre fue un muchacho feliz, pues no le molestó nunca ese sobre remoquete.
Digo que casi siempre fue un muchacho feliz, porque después las cosas se le fueron poniendo difíciles. No se me olvida haberlo visto postrado en una cama luego de que en unas vacaciones en una finca en La Virginia, Caldas, fuera atacado por 6 perros bravos en la trocha de una finca. Él me contó con asombro y un dejo de tristeza que unas señoras de apariencia campesina que pasaron por el sitio cuando era atacado, no hicieron nada por ayudarlo, más bien se estaban riendo.
Según confirmé con su hermano Carlos Iván, le cogieron 386 puntos de sutura entre la espalda brazos y piernas, pues instintivamente él se tiró boca abajo, cubriendo cabeza y rostro con sus brazos; por sus gritos de auxilio su papa y primos maternos corrieron a rescatarlo y lograron salvarlo de una muerte segura. Bañado en sangre y desangrándose, lo embarcaron en el carro de su papá y rápidamente lo llevaron al puesto de salud más cercano. Lo más sorprendente es que parte de las suturas tuvieron que hacerlas sin anestesia, pues se agotó. Mejor dicho, quedó vivo de milagro, eso fue algo realmente impactante, pero creo que ese dolor no se comparó jamás con la pérdida de su mamá, siendo él muy joven y años después el fallecimiento de su papá, casualmente también por un infarto.
Mi amigo se fue a estudiar a Sogamoso, Ingeniería de Minas y poco volvió a su tierra. Lustros después de graduarse, comenzó a trabajar en las minas esmeralderas de Muzo, Boyacá. Allí laboró un tiempo y según me contó en algún momento se aburrió de la violencia en esas tierras, púes había guerra entre esmeralderos. Se “mamó” de ser más guardián de esmeraldas que ingeniero, porque -me dijo- que incluso a ellos les daban armas, para amedrentar a los mineros que encontraban una veta y se querían robar las piedras preciosas; eso lo ahuyentó de esa labor, pues, a todas luces, los querían inmiscuir en una guerra que no era de ellos.
Años después, una tarde cualquiera, nos volvimos a ver aquí en una reunión política, volvió con ganas de reencontrase con su tierra, y su gente, en especial con sus hermanos, creo que con ganas de echar raíces en su tierra natal. Pero meses después al no encontrar trabajo en lo suyo y según él mismo me contó, luego de un fracaso económico en un mal negocio en el que invirtió, decidió marcharse, eso quizás fue hace más de 15 años, fue la última vez que lo vi, y que hablé con él.
Su muerte, la verdad, me cayó como un baldado de agua fría, y no niego que me puso a reflexionar sobre el verdadero sentido de la amistad. Me arrepiento de no haber tratado de llamarlo o buscarlo. El hecho de que un amigo se nos pierda del mapa, no siempre es que él no quiera saber de uno y viceversa, muchas veces nos volvemos lo que yo denomino “hombres ostras” nos encerramos en nuestra concha, en nuestra caparazón, no por creídos, no por cobardes, no por tímidos, no por egoístas, sino muy probablemente como mecanismo de protección, quizás nos volvemos desconfiados por decepciones, quizás no queremos causar molestia, o simplemente queremos estar solos, pero aun así no nos aislemos ni nos olvidemos de esos amigos verdaderos, que son los hombres temerosos de Dios, que brindan su apoyo, su voz de aliento, sin esperar nada a cambio.
El título de este artículo, lo tome de una película de mi infancia, y me imagino que quien le puso el sugestivo nombre al film, lo hizo de alguna manera basado de este pasaje bíblico; “Encontrar un amigo fiel, es como dar con un tesoro o como hallar un refugio. Un amigo fiel no tiene precio, su valor no se mide con dinero. Un amigo así nos salvará la vida, si obedecemos a Dios, hallaremos ese amigo y sabremos reconocerlo, porque él también obedece a Dios” ECLESIASTICO 6, 14-17.
Precisamente esa película en genero de comedia y protagonizada por Bud Spencer y Terence Hill, la vi por primera vez en betamax, junto a mis hermanos y unos primos, en la misma época en que Juanfer vivía a media cuadra de mi casa.Después la vi muchas veces más, pues en realidad me gustó bastante, tiempos sanos, que ya no vuelven.
De Juan Fernando Cuello aprendí mucho, nunca lo vi de mal genio, ni burlarse de nadie con mala intención, ni mucho menos referirse en malos términos de nadie, su nobleza contrastaba con su fortaleza, él en el anuario de su promoción escolar, escribió esta frase, “El secreto de la felicidad, no está en hacer siempre lo que se quiere, sino en querer siempre lo que se hace” y me consta que él aplicó está reflexión en su cotidianidad.
Entre los amigos de infancia. Los vecinos, esos que crecieron junto a ti, los que ni el ego, ni el tiempo, ni el dinero, ni una pareja les hace olvidar y menos cambiar el cariño hacia ti, dentro de ese grupo están parte de tus verdaderos amigos. No juzgues a nadie por lo que tus ojos creen ver, menos por algo que te de dijeron, y mucho menos si se trata de un familiar o un amigo. Juanfer fue mi amigo, para mi es un tesoro, él que estudio para buscar riquezas escondidas en la tierra, paradójicamente tenía un verdadero tesoro dentro de sí, “el hombre de la sonrisa eterna” como lo catalogó certeramente su propio hermano, mi amigo Carlos Iván, hoy está al lado de Dios, pues fue un ser extraordinario, valioso y amigo intachable, noble y bondadoso….
Descansa en Paz, querido Juanfer, que más adelante, en el tiempo de Dios, nos volveremos a encontrar y reír juntos, al igual que lo volverás a hacer junto a tus queridos hermanos Carlos y Cristina Isabel.