Escuchas la radio mientras preparas el café. Un oyente reclama al director del programa radial más objetividad y menos parcialidad. El director pide al radioyente un juego de palabras para que gane un ramo de flores para el día de la madre. El oyente responde cualquier cosa. Sales de casa. En la calle un grupo de estudiantes protestan contra una rectora que se ha pasado de la raya ante las denuncias de acoso sexual y abuso de autoridad. Más allá, un grupo de campesinos se ha plantado frente a un ministerio para reclamar unas tierras ocupadas por un testaferro. Por una avenida central se observa una caravana de buses-escalera ocupados por indígenas Misak que vuelven a sus tierras luego de armar un lío en el centro de la capital y conseguir un acuerdo con el Ministerio del Interior y otras entidades del Gobierno.
Apareces en el viejo hotel donde has quedado con el editor. “Voy llegando”, lees en el WhatsApp de tu celular. Siempre llega tarde. En el vestíbulo hay un batiburrillo de personas: jueces y fiscales citados a una asamblea sindical, mujeres afros asistiendo a una formación, ambientalistas mirando cifras de deforestación en el Arco Amazónico, futbolistas concentrados para un derby y provincianos lagarteando un empleo en la Procuraduría o la Contraloría. Los empleados del hotel van y vienen. Los ascensores están colmados. En las afueras del hotel está un homeless —de los 10.478 censados en Bogotá— escarbando dentro de un cesto de basura. El habitante de la calle luce una greñuda y sucia cabellera, prueba de que no ducharse es la fórmula infalible para evitar la caída del cabello.
Colombia está en plena agitación. El país permanece en una especie de ‘Revolución Cultural’ desde que el progresismo liderado por Gustavo Petro ocupó el Palacio de Nariño. El pueblo —como concepto sociológico— encontró en el actual Gobierno una voz que entiende su alegría y sufrimiento. Habría que preguntarle a nuestros padres y abuelos si lo que hoy estamos observando en Colombia guarda similitudes con los años del gaitanismo, aquella primavera política en la que el pueblo liberal y conservador comprendió que su adversario y fuente de sus padecimientos era la oligarquía liberal-conservadora: gobiernos de minoría contra la mayoría.
El progresismo colombiano recaló tarde a la Casa de Nariño, pero lo hizo bien. Aprendió de lo ocurrido en el vecindario latinoamericano. Pasó de la retórica a los hechos, realizando reformas estructurales en favor de la mayoría social: educación pública gratuita, pensión para la tercera edad, tierra para los campesinos, incremento sustancial del salario para los trabajadores y la fuerza pública y remuneración decorosa a los aprendices del SENA. “Reformas que se han ejecutado sin derramar una sola gota de sangre”, expresó Iván Cepeda ante millares de personas congregadas en la Plaza de Bolívar el pasado 1º de mayo.
Pero hay más, Viejo Topo. El progresismo colombiano no cambió la Constitución sobre la marcha para reelegirse como lo hizo Álvaro Uribe, ni forzó un referéndum para atornillarse indefinidamente en el poder como ocurrió en algunos países hermanos. Asimismo, el movimiento social —tentación de los gobiernos de izquierda— no fue cooptado por el Gobierno de Petro: por el contrario, mantuvo su independencia hasta el punto de que adelantó protestas contra medidas gubernamentales que lo afectaban. Algo más, Viejo Topo: el progresismo colombiano seduce e involucra a miles de jóvenes a la acción política, lo cual es una garantía para el futuro, más aún cuando la derecha envejece.
Finalmente, quiero destacar dos lecciones que la izquierda global debería aprender de la colombiana. La primera es orgánica: la creación de un proyecto político, plataforma o partido no puede consistir en una decisión burocrática tomada desde las alturas, sino un proceso social, unitario, tenso, con raíces populares, discordante y cocido a fuego lento, como el que viene ocurriendo con el Pacto Histórico. La segunda tiene que ver con la apertura: mientras que en otras latitudes la izquierda —por sectarismo y ambición— fue perdiendo aliados y quedando sola, la colombiana sigue sumando socios que comparten principios como la democracia, la libertad y la justicia social y ambiental.
Hay tres asuntos, Viejo Topo, en los que hurgaré en mi próxima columna. Tres temas endémicos de Colombia que las candidaturas de la extrema derecha abordan con la algarabía propia de una riña de gallos: corrupción, seguridad y paz. La misma algarabía que emplea el aparato mediático contra el primer gobierno progresista en la historia de Colombia.