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Económicas

El presidente no entendió la energía

Por Amat Zuluaga*

Por
Redacción general
Thursday, April 23, 2026 9:18 PM
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Hace unos días, el presidente Gustavo Petro protagonizó una discusión en redes sociales sobre la matriz energética del país. Lo preocupante no es que opine, sino el contenido de lo que dijo. Afirmó que la propia Unidad de Planeación Minero Energética —la UPME, entidad técnica de su gobierno— estaba equivocada en cómo presenta la matriz energética del país, y que incluso él les había pedido corregirla, pero no le hicieron caso.

Confieso que este episodio no solo me llamó la atención, sino que me obligó a escribir. Primero, porque como profesor universitario siento la responsabilidad de explicar cuando se difunden conceptos erróneos en temas técnicos. Y segundo, porque resulta francamente preocupante que, después de casi cuatro años de gobierno, el presidente aún no tenga claridad sobre cómo funciona algo tan básico como la matriz energética de Colombia. No es un tema menor porque de ese entendimiento dependen decisiones que afectan la estabilidad económica, la seguridad energética y la vida cotidiana de todos los colombianos.

El error de fondo es conceptual, pero sus consecuencias son profundas. El presidente confunde dos cosas completamente distintas: la matriz eléctrica y la matriz energética total. Y esa confusión, que puede ser comprensible en el ciudadano promedio, es inaceptable en quien dirige la política energética del país. Cuando el presidente afirma que Colombia tiene una de las matrices más limpias del mundo, piensa que es la energía total, pero realmente se trata únicamente de la electricidad. Nuestra generación eléctrica es mayoritariamente hidroeléctrica, con participaciones que rondan entre el 60% y el 70%, complementadas por térmicas entre el 24% y el 28%, y una fracción menor de solar y otras fuentes de entre el 2 y el 8%. Bajo esa mirada parcial, Colombia parece un país “limpio”, pero, ese es solo el 18% de la película.

La electricidad representa apenas una fracción del consumo energético total del país. El otro 82% no pasa por cables, no se ve en torres de transmisión ni se mide en términos de generación eléctrica. Ese 82% está en el combustible que mueve los camiones que transportan la comida, en el diésel de la maquinaria, en la fábrica que produce insumos, en el gas que alimenta la industria, en el carbón que permite producir cemento y acero, y en la gasolina que usan millones de colombianos todos los días. El sector transporte y el sector industrial, juntos, consumen cerca del 70% de toda la energía del país, y lo hacen fundamentalmente a partir de combustibles fósiles. A eso se suma el consumo rural de leña, que, aunque muchas veces se invisibiliza, representa alrededor del 12% del consumo energético nacional, precisamente por su baja eficiencia.

Cuando uno junta todo el sistema, el panorama cambia radicalmente. Las energías renovables incluyendo hidroeléctricas, solar, eólica y biomasa industrial, no superan el 11% o 12% del consumo energético total del país. Es decir, Colombia no es un país mayoritariamente renovable. Colombia es, como casi todos los países del mundo, un país que aún depende fuertemente de los combustibles fósiles para funcionar.

El verdadero problema es que si quien toma decisiones cree que ya somos un país renovable, entonces piensa como si el petróleo, el gas y el carbón ya no fueran necesarios y eso es exactamente lo que estamos viendo, un aumento en los riesgos de desabastecimiento de gas, menor actividad exploratoria en petróleo, aumento en la preocupación por la confiabilidad del sistema eléctrico, incertidumbre en inversiones y un discurso político que desincentiva el desarrollo del sector que hoy sostiene la mayor parte de la energía del país. Esto no tiene porque ser un debate ideológico, esto es un problema de lectura técnica de la realidad, porque uno puede promover la transición energética, por supuesto que sí, pero esta no decreta a los machetazos y menos sin entender cómo funciona la matriz energética del país. Lo que estamos viendo no es casualidad, es una consecuencia directa de una lectura equivocada del punto de partida. Es irresponsable desmontar un sistema sin tener claro con qué se va a reemplazar, la transición exige planeación, tiempos realistas, inversión sostenida y, sobre todo, claridad conceptual. Sin eso, deja de ser una transición y se convierte en un salto al vacío.

Esto tampoco se trata de defender los combustibles fósiles por capricho ni de oponerse a las energías renovables, se trata de entender que el sistema energético es una estructura compleja donde cada componente cumple una función y donde los reemplazos no son inmediatos ni simples. Pretender que un país pueda prescindir rápidamente de las fuentes que hoy representan más del 80% de su consumo energético sin tener alternativas equivalentes en escala, costo y confiabilidad no es una apuesta arriesgada, es una irresponsabilidad. Y cuando esa irresponsabilidad viene desde la cabeza del Estado, el impacto deja de ser técnico y pasa a ser estructural. Por eso el debate que debería estar dando el país no es si la transición energética es buena o mala, sino cómo se hace bien, desde dónde se parte y cuáles son los límites reales del sistema. Porque la energía no es un discurso ni un eslogan político, es la base sobre la cual funciona toda la economía. Y si quienes toman las decisiones no entienden esa base, entonces el país vivirá en crisis, una que cada vez se agravará más, al punto que cada ciudadano de a pie lo empiece a sentir en el día a día.

* Geólogo de la Universidad Industrial de Santander, magister en Petroleum and Gas Engineering de la University of Salford, Inglaterra. Profesor universitario, Director del Observatorio de Transición Energética del Caribe OTEC de la universidad del ÁreaAndina. Investigador y analista para el sector minero-energético y la transición energética. Columnista del diario el Heraldo de Barranquilla.

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