Valledupar.
Hoy, el eco de un grito lejano en la sabana de Mariangola parece resonar con más fuerza. Valledupar y el departamento del Cesar se visten de historia para conmemorar el centenario del natalicio de José Guillermo “Pepe” Castro Castro, un hombre que no solo habitó esta tierra, sino que la moldeó con la fuerza de un tractor y la sensibilidad de un cronista.
Pepe Castro fue un autodidacta por necesidad y un bulldozer por vocación. La vida le arrebató a su padre, Guillermo Castro Tres Palacios, a muy temprana edad, truncando sus estudios de bachillerato. Sin embargo, lejos de amilanarse, el joven Pepe asumió las riendas de las ganaderías familiares con un tesón que presagiaba al líder en el que se convertiría.
Como bien lo describió su hijo, Pedro Norberto Castro, su padre era capaz de leerse tres libros al mismo tiempo; era un hombre que devoraba conocimientos para compensar las aulas que el destino le cerró.
Si una frase define la impronta de Pepe Castro en el urbanismo de Valledupar es su célebre máxima: "El buldócer adelante y los abogados atrás". Para Pepe, el progreso no podía esperar el permiso de la burocracia.
El escritor del encierro
La violencia que azotó al Cesar lo obligó, en sus últimos años, a cambiar los potreros por el escritorio. En el encierro preventivo para evitar el secuestro —flagelo que tocó profundamente a su familia—, Pepe Castro encontró en la pluma una nueva herramienta de construcción.
Publicó siete libros, entre ellos Crónicas de la Plaza Mayor y Personajes de la Vida Vallenata. Su legado literario continúa vivo: hoy se anuncia el lanzamiento de "Cuentos y Crónicas de Pepe Castro", una obra que rescata 15 cuentos inéditos hallados en sus viejos baúles
Un amigo leal
Para sus amigos, como Enrique “Jique” Cabas, Pepe no era simplemente un político; era un hombre vertical que sabía escoger a sus afectos. Cabas lo describe con una metáfora inolvidable: "Para el sabio, la vejez es la estación de la cosecha". Pepe Castro cosechó lealtades y respeto, incluso entre sus contradictores, gracias a un pragmatismo que siempre ponía el servicio al pueblo por encima de las doctrinas.
El padrote
Pepe Castro fue un hombre de afectos extensos. Se le atribuyen cerca de 15 hijos, frutos de sus distintos matrimonios y de sus travesías por pueblos como Mariangola, La Paz y Aguachica. Como dice el dicho popular en la región, por donde pasaba iba dejando una huella, y a veces, esa huella tenía nombre y apellido.
Pepe Castro se fue físicamente un 27 de mayo de 2017, pero su sombra, como la de un robusto árbol de cañaguate, sigue protegiendo y dando identidad al Cesar. Cien años después de su nacimiento, su vida nos recuerda que para transformar un territorio se necesita más que presupuesto: se requiere la voluntad inquebrantable de un hombre que decidió ser el buldócer de su propio destino.