Bogotá.
En las primeras luces de este sábado, Valledupar amaneció con el acordeón mudo y el pecho apretado. Ovidio Enrique Granados Melo, el legendario “Viejo Villo”, partió el viernes 5 de junio de 2026 a los 84 años en el Instituto Cardiovascular del Cesar, tras complicaciones de una isquemia que lo acompañaba desde días atrás. El folclor vallenato, que lo tenía por uno de sus últimos grandes guardianes, recibió la noticia como quien recibe un viento seco que de pronto se lleva las últimas hojas de un árbol antiguo. En las parrandas, en los talleres y en las redes, la misma frase repetía su nombre con el respeto que se le guarda a quienes no solo tocaron la música, sino que la mantuvieron viva cuando ya nadie recordaba cómo se afinaba el alma de un instrumento.
Nacido en el corregimiento de Mariangola, Ovidio Granados aprendió muy temprano que el acordeón no era solo un objeto de viento y teclas, sino un ser vivo que podía enfermarse, perder el tono y hasta morir si nadie lo curaba. De su abuelo Juanchito heredó las primeras notas; de la observación atenta a Ismael Rudas, el oficio de restaurador. En 1959 ya integraba Los Playoneros del Cesar; en 1968, en el primer Festival de la Leyenda Vallenata, quedó segundo en el concurso de acordeoneros, apenas detrás de Alejo Durán. Volvió a competir en 1975 y 1983 sin llevarse la corona, pero dejó algo más profundo: la certeza de que su verdadero reino estaba en otro lugar. Allí, en un amplio kiosco de su casa del barrio Los Caciques, abrió un taller sin letrero donde, durante más de sesenta años, los acordeones llegaban maltrechos y salían cantando como si hubieran recuperado la memoria de todos los vientos del Cesar.
Mientras otros se contentaban con interpretar, Ovidio Granados ejercía dos oficios al mismo tiempo y los hacía inseparables. Como acordeonero acompañó a Diomedes Díaz en grabaciones memorables —entre ellas la versión de “Diana” de Calixto Ochoa— y compuso piezas como el paseo “El Pobrecito” y el merengue “El Vicio”. Como técnico y afinador se convirtió en el más solicitado “doctor” del instrumento en Colombia; músicos de todo el país y del extranjero buscaban su mano precisa para devolverle el brillo y la afinación exacta a sus fuelles. De ese mismo taller salieron sus hijos Juan José y Hugo Carlos Granados, quienes conquistaron los títulos de Reyes Vallenatos en 2005 y 2007, respectivamente, consolidando una dinastía que hoy es referencia obligada del género. En 2025, la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata le entregó el título de Rey Vallenato Vitalicio, un reconocimiento tardío pero justo a quien nunca había dejado de servir a la tradición con las dos manos: la que tocaba y la que reparaba.
Aunque su cuerpo ya descansa, Ovidio Granados no se ha ido del todo. Queda en cada nota que sus hijos y nietos siguen sacando de los acordeones que él mismo afinó; queda en la memoria de los que lo veían, sentado en su kiosco, abrir un instrumento como quien abre un libro antiguo y leer en sus venas de aire la historia del vallenato. Valledupar, ciudad que tantas veces ha enterrado a sus juglares sin que el canto se apague, despide hoy a uno de los últimos hombres que supieron que la verdadera grandeza no está solo en ganar un festival, sino en mantener vivo, afinado y entero el instrumento que le da nombre a todo un pueblo. Paz en su tumba, maestro Villo. Su acordeón sigue sonando, aunque ya nadie lo vea.