El sol de enero, fiero como un tigre hambriento, lamía la carretera entre Valledupar y Patillal, otrora una senda polvorienta y hoy transformada en una serpiente negra y asfáltica, adornada a lado y lado por el monte reseco del intenso verano. Yo iba concentrado en el camino, cuando la vi: La Moto-Caravana, un prodigio mecánico, una alegoría sobre ruedas.
No era una simple moto, entiéndanme bien. En estas tierras, las motos no son meros vehículos, sino extensiones del alma, alas de lata que desafían la gravedad de la necesidad. Era una moto metamorfoseada, transmutada por la urgencia y la inventiva, convertida en arca ambulante, en camello andante del desierto vallenato.
Sobre ella, una familia completa, un racimo humano aferrado a la vida como las abejas al panal. Alcancé a contar a seis personas. Niños con ojos de asombro, como espejos que reflejaban el futuro incierto pero prometedor; jóvenes que ondeaban un saludo despreocupado, ajenos a la épica de su travesía; una mujer, su rostro cincelado por el sol y las preocupaciones, pero con la mirada firme de quien sostiene un hogar. Y al frente, el conductor, un Quijote moderno luchando contra los molinos de viento de la pobreza, un Sísifo motorizado empujando su piedra de sueños cuesta arriba.
La moto, antes simple medio de transporte, ahora era camión de mudanzas, autobús escolar, la mismísima encarnación de la esperanza en movimiento. Era imprudencia y supervivencia al mismo tiempo, la peligrosa alquimia del ingenio popular. Era caos y orden en simultánea, como la coreografía caótica de la vida misma.
Y pensé: ¿qué lleva a una familia a tomar esa decisión?, ¿cuánto les cobrará un camión de mudanza para que prefieran el riesgo -y la aventura- de embarcar esas seis vidas sobre ese caballo de acero?, ¿es escasez de dinero la única explicación a esta conducta?. Imagino al padre o a la madre diciendo “no pasa nada, Dios nos protege” y al conductor de la moto prometiendo como político en campaña: “no se preocupen, que yo le doy suave”. Los pelaos encima del colchón parecían despreocupados, con la extraña alegría del que asiste por vez primera a una Ciudad de Hierro: siente emoción y miedo al subirse a la atracción mecánica.
En otras latitudes, tal escena desataría un clamor de alarmas, un coro de reprobaciones. Aquí, era paisaje, la pincelada cotidiana en el lienzo de la idiosincrasia colombiana. Porque así somos: temerarios hasta la médula, y a la vez echados pa’lante con la fuerza de un huracán, gente que carga con lo que tiene y con lo que le falta, pero que jamás se detiene.
En estos pueblos, la ética no se mide con el rasero de los manuales, sino con la brújula de la memoria. No siempre hacemos lo correcto, es cierto, pero la mayoría de las veces hacemos lo valiente. Y aunque el asfalto arda como las arenas del infierno y la carga oprima como el peso del mundo, seguimos avanzando, porque en esta tierra, pocos se quedan esperando, pues, ya conocen la suerte de aquel coronel que se quedó esperando la carta de la pensión que nunca llegó.
Aquella Moto-Caravana no era una excentricidad aislada, sino una alegoría andante, un fractal del alma vallenata. Una imagen que no encontrarán en los libros de geografía, pero que quedará grabada a fuego en la memoria de quien la contemple.
Las vainas de mi pueblo… Historias que solo se comprenden si se viven, si se degustan con el paladar del alma y se difunden a través de las ondas hertzianas de Radio Guatapurí, ese río sonoro que fluye por las venas de nuestra identidad. Historias que, como los laberintos de Borges, esconden en su sencillez la complejidad infinita de nuestra existencia.