En 2011, el Colegio Nacional Loperena de Valledupar registraba un puntaje ICFES cercano a 240, apenas por encima de colegios públicos comparables de la ciudad, como el CASD Simón Bolívar. Catorce años después, alcanzó los 355,6 puntos y ocupó el puesto 15 entre los colegios con mejores resultados del país en 2025. Mientras tanto, otros colegios que partían de niveles similares no experimentaron una transformación de la misma magnitud (ver Gráfica 1).
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Gráfica 1. Promedio de puntajes IE Loperena y otros |
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Nota: La línea negra representa el promedio simple de tres colegios públicos comparables al Loperena en 2005: Nuestra Señora de Fátima, CASD Simón Bolívar y Pedro Castro Monsalvo. La línea verde corresponde al promedio de cinco colegios destacados en el ranking nacional de 2025, utilizando los datos disponibles de cada año. Fuente: Elaboración propia con datos de ICFES Analytics (2005–2025). Los puntajes anteriores y posteriores a la reforma del ICFES de 2014 no son estrictamente comparables. |
Más allá de los cambios metodológicos del ICFES, que obligan a tener cuidado con las comparaciones históricas, la trayectoria reciente del Loperena es impresionante. En retrospectiva, casi un milagro. Pero la pregunta verdaderamente importante es otra: ¿Qué explica esa transformación y cómo podemos replicarla en otros colegios públicos?
Escribo esto como egresado del Loperena, una institución en la que estudié entre 2005 y 2016, desde la sede Santo Domingo hasta terminar mi bachillerato. Mi intención no es ofrecer una explicación definitiva, sino llamar la atención sobre la necesidad de estudiar rigurosamente un caso que podría tener lecciones importantes para la política educativa regional y nacional.
Quienes estudiamos allí antes de 2013 recordamos un colegio distinto. En 2012, cuando cursaba séptimo, llegamos a ser unos 60 estudiantes por salón, una cifra muy superior a los estándares internacionales. En 2011, Gonzalo Quiroz asumió la rectoría e inició una transformación que merece estudiarse. Su liderazgo ha sido fundamental, pero es importante distinguir a la persona del modelo: entender qué prácticas podemos replicar y cómo garantizar su continuidad más allá de su eventual retiro.
Propongo tres hipótesis.
1. La calidad docente y la gestión académica
El Loperena cuenta con profesores extraordinarios, no solo por sus conocimientos, sino también por su compromiso y pasión por enseñar. Muchos de ellos tienen maestrías, algunos adelantan doctorados y varios enseñan en universidades de la ciudad.
Pero hay algo adicional: la estabilidad y especialización del cuerpo docente. Los directores de área permanecen durante años y muchos profesores se especializan en determinados grados. Esto es especialmente importante en matemáticas y ciencias: enseñar a un estudiante de sexto no requiere las mismas estrategias pedagógicas que enseñar a uno de undécimo.
Lo mismo aplica, quizás con mayor importancia, a las sedes de primaria, como Roig y Villalba y Santo Domingo. Allí no solo se construyen las bases del aprendizaje, sino también habilidades socioemocionales como la disciplina, la curiosidad, el autocontrol, la confianza en uno mismo y la perseverancia. La economía de la educación ha demostrado que estas habilidades son fundamentales para el desempeño académico y las oportunidades futuras. Por eso, sus profesores son tan importantes como los de bachillerato, o incluso más.
Otro elemento clave de la gestión de Gonzalo Quiroz es garantizar que se completen los programas académicos de cada grado y alinear los contenidos con los estándares de aprendizaje y las orientaciones del ICFES. Esto favorece la continuidad del aprendizaje y reduce las brechas entre lo que se enseña y lo que se evalúa.
2. Los cursos Pre-ICFES
Una segunda explicación son los cursos de preparación para las pruebas Saber 11. En el Loperena, muchos estudiantes comienzan desde noveno o décimo, generalmente durante los fines de semana. Actualmente, el programa incluye estudiantes de ambas jornadas y ha abierto sus puertas a alumnos de otros colegios.
Estos cursos cumplen dos funciones. Primero, ayudan a cerrar las brechas entre lo que se enseña regularmente y lo que evalúa el examen. Segundo, permiten una preparación más enfocada, con simulacros, seguimiento y metodologías específicas.
En lo personal, guardo un enorme agradecimiento a los coordinadores del Pre-ICFES, Juan Palencia y Teddylenis Seoanes, por su dedicación y compromiso con nuestra preparación. Cuando presenté el ICFES, ya había realizado tantos simulacros que conocía el tipo de preguntas, los tiempos y la presión del examen.
Esto tiene implicaciones importantes: una parte de la mejora puede provenir de una preparación más efectiva para la prueba, algo relativamente sencillo de replicar, aunque habría que distinguir cuánto mejora el aprendizaje y cuánto el desempeño específico en el examen.
3. La selección de estudiantes
Otra posible explicación es lo que en ciencias sociales como autoselección: a medida que un colegio gana prestigio académico, comienza a atraer estudiantes con mejores resultados previos y familias más comprometidas con su educación. Esto puede generar un círculo virtuoso en el que los buenos resultados atraen mejores estudiantes, quienes a su vez contribuyen a elevar el desempeño del colegio.
También hay cambios importantes en la composición y el tamaño de las cohortes. Según cifras oficiales en 2010 había 333 estudiantes de undécimo, distribuidos entre las jornadas de mañana y tarde. En 2011 eran 316 y, para 2025, apenas 154, exactamente 77 por jornada. Es decir, el número de estudiantes de último grado se redujo aproximadamente a la mitad.
Esto plantea una pregunta importante: ¿cuánto de la mejora en los resultados puede explicarse por cambios en la composición de los estudiantes? No es lo mismo calcular un promedio sobre 300 estudiantes que sobre 150, especialmente si quienes llegan a undécimo tienen características académicas distintas. Esta reducción no demuestra por sí sola que exista una selección de los mejores, pero sí hace necesario investigar quiénes ingresan, quiénes permanecen y quiénes llegan a presentar el ICFES.
Por eso, una evaluación rigurosa debería distinguir entre el efecto de la selección de estudiantes y el verdadero valor agregado del colegio. La pregunta clave es cuánto mejores llegan los estudiantes y cuánto mejores salen gracias a lo que ocurre dentro del Loperena.
Hay un último elemento que atraviesa las tres hipótesis: en el Loperena se enseña a pensar en grande. Los profesores motivan a sus estudiantes a tener grandes aspiraciones y les brindan herramientas para alcanzarlas. También pesa la historia de la institución y el ejemplo de tantos egresados que han construido trayectorias destacadas dentro y fuera del país. Ese orgullo de pertenencia, la diversidad social y cultural de sus estudiantes y el apoyo de las familias también pueden contribuir a explicar sus resultados.
La pregunta de fondo
Estas son apenas tres hipótesis, hay muchas otras por explorar. En todas ellas, el liderazgo de Gonzalo Quiroz ha sido fundamental, desde la organización académica hasta la construcción de una cultura institucional de exigencia y excelencia.
Una experiencia tan extraordinaria no debería quedarse únicamente en reconocimientos y felicitaciones. El Loperena merece convertirse en un caso de estudio.
Necesitamos estudiar los datos históricos del Loperena, sus prácticas pedagógicas y las trayectorias de sus egresados, escuchando a quienes han sido parte de esta transformación. Hago un llamado a las universidades y autoridades educativas para que documenten esta experiencia mientras sus protagonistas puedan contarla. Como egresado, estaría encantado de aportar a ese esfuerzo.
El verdadero éxito de un modelo educativo no debería depender permanentemente de una persona, por extraordinaria que sea. Los grandes proyectos funcionan precisamente porque construyen instituciones capaces de perdurar más allá de quienes los lideran.
El mejor homenaje que podemos hacerle al Loperena, a su rector y a sus profesores no es solamente celebrar sus resultados. Es entender qué hicieron bien para que otros colegios también puedan hacerlo.
Finalmente, quiero aprovechar para agradecer a todos mis profesores, desde primaria hasta bachillerato. Algunos siguen enseñando, otros están retirados y otros, lamentablemente, ya fallecieron. Todos contribuyeron, de una u otra manera, a construir lo que hoy es el colegio.
* Economista de la Universidad de los Andes.