Valledupar.
En el Parque de la Vida, entre acordes que siguen palpitando en la memoria vallenata, la figura de Calixto Ochoa volvió a levantarse frente a su gente. Allí, donde el Gobierno del Cesar presentó el documental que recoge la vida y esencia del juglar, su viuda Dulsaides -la mujer que compartió sus últimos 25 años- se reencontró con él a través de cada imagen, cada voz y cada canción.
“Esto demuestra que lo que hizo el maestro por el arte, por la música vallenata, todavía la gente lo recuerda, a pesar que ya hace diez años partió y parece que estuviera vivo. Es una alegría y satisfacción para nosotros en su familia que se le tenga en cuenta”, dijo ella, con la emoción contenida. Porque para Dulsaides, recordar a Calixto es abrir un cofre que se desborda entre la alegría, la nostalgia y el amor que nunca se fue.
El documental estuvo a punto de cerrarse sin su testimonio. Pasó tres meses en Estados Unidos mientras las grabaciones avanzaban en Sincelejo. Pero apenas regresó, su hija avisó a los realizadores. Ellos no dudaron y volvieron a la Capital de la Sabana para registrar a la mujer que atesoraba las memorias más íntimas del maestro. Con su voz y sus recuerdos, completaron la historia.
Aquí puede ver el lanzamiento del documental completo
Para ella, ver el documental fue volver a vivirlo todo: “Cada quien que habla del maestro… (silencio) me da alegría y tristeza. Lloré porque yo viví con esa persona de quién están hablando. Conocí toda su vida y es recordar todo lo vivido con el maestro Calixto.”
Y lo que conoció es suficiente para escribir un libro. Calixto componía desde lo cotidiano: un sueño, una mujer bonita, un personaje de la calle. Así nacieron canciones como “La reina del espacio” o “Sueño triste”. Era un creador realista e instintivo: veía, sentía, y de inmediato silbaba la melodía que grababa en una pequeña grabadora que siempre llevaba en el bolsillo. En las noches, nocturno como era, terminaba lo que el día le había inspirado.
En la casa, dice Dulsaine, el maestro era un hombre sencillo: se levantaba, pedía desayuno, se acostaba otra vez, hacía rabietas que se le pasaban pronto. Recibía a todos por igual, al rico y al pobre. Nunca se creyó el artista gigante que el público veía: seguía siendo el campesino que salió un día de Valencia de Jesús.
“El nunca se creyó ese gran artista, ese gran compositor, ese músico grande que lo hizo en público, que lo hizo la gente y lo hizo sus canciones”, mencionó la mujer.
Entre las canciones que Dulsaides más aprecia están Los Sabanales -su número uno-, Sueño triste, Palabra sagrada y El africano, esta última una obra que recorrió el mundo sin que el maestro imaginara su impacto. “Todavía recibimos regalías internacionales por esa canción”, cuenta.
Vivió al lado de Calixto hasta el último día. Y ayer, en ese parque colmado de vallenato y memoria, volvió a sentirlo cerca.
El amor que insistió: la historia que el destino escribió
Pero la historia entre ellos no comenzó en los últimos años del maestro. Viene de lejos, de cuando Dulsaides era casi una niña y Calixto, ya famoso, se atrevió a decir lo impensable.
Un día, sin titubeos, se presentó ante Alicia Díaz, la madre de Dulsaides, y le dijo: “Quiero casarme con su hija.” La respuesta fue un no rotundo: ella aún estudiaba. Pero el amor encontró caminos. Cada vez que él llegaba a Valledupar, la visitaba. Le estacionaba el bus afuera de la casa o le mandaba avisar con sus músicos. Vivían un romance silencioso, cuidado, pero real.
En 1973, cuando él se comprometió con otra mujer, ella decidió terminarlo. “En esos tiempos fueron varias las mujeres que él tenía. La vida del músico es así, yo lo dejaba”, confiesa con una sinceridad que desarma.
Los caminos los separaron: ella estudió, trabajó en una empresa de aviación en Barranquilla, se casó, tuvo hijos, se divorció y luego se fue a Estados Unidos. Él siguió viajando, enamorando y cantándole al mundo.
Pero el destino no había cerrado el capítulo. En 1990, Dulsaides llegó a Miami. Al día siguiente, supo que había una gira de músicos colombianos: Diomedes Díaz, Joe Arroyo… y Calixto Ochoa. Fue a la presentación. Esperó el momento adecuado. Se asomó al camerino. Estaba solo.
Al reencontrarse, se fundieron en un abrazo que selló lo que siempre había sido inevitable. Ella tenía 33 años; él, 56. Desde ese día decidieron estar juntos hasta el final.
Y así fue.
Vivieron 25 años de amor, música, viajes, enfermedades, aplausos y silencios compartidos. Ella hoy toma clases para aprender a tocar su acordeón. Y pide, con la ternura de quien amó de verdad, que a su maestro le construyan un monumento en Valledupar, en Valencia de Jesús o en Sincelejo, para que las nuevas generaciones conozcan al genio que llevó la música vallenata por el mundo.
La historia de una fanática: Patricia Zuleta
Entre el público, otra voz emocionada recordó al maestro: Patricia Zuleta, asistente al evento, vivió el documental como un viaje directo a su adolescencia.
“Me hizo recordar cuando tenía 15 años. Mi mamá no tenía para hacerme el quinceañero, así que me dijo: ‘Te voy a llevar a la KZ para que conozcas a Calixto Ochoa’.”
Ese día, que iba a ser un cumpleaños triste, se convirtió en uno luminoso. Fue su primera fiesta, y ahí estaba él: el maestro, con su sonrisa amplia y esos dientes de oro que nunca ha podido olvidar.
Entre sus canciones preferidas están Lirio Rojo, Los Sabanales y las historias criollas como Remanga, que la hacían reír sin parar. Para ella, Calixto jamás ha dejado de sonar: “Siempre en todas las emisoras hay una canción de él. interpretada por él o por otros. Él siempre vivirá”.
Lo que más la conmovió del lanzamiento fue ver a la gente cantando, bailando, emocionándose. “Eso no deja morir el folclor. Es bonito para enseñarle a la juventud lo que nosotras ya sabemos”, dijo.
Agradeció el evento con la sinceridad de una fanática que vuelve a encontrarse con el artista de su vida.