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Política

Los sapos de la política cesarense

Cuando estar en la lista reemplaza a representar.

Por
Andres Molina
Wednesday, December 17, 2025 6:45 PM
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Cada temporada electoral trae consigo un fenómeno que ya no sorprende, pero que sigue incomodando: la aparición de personajes menores de la política del Cesar que, sin respaldo ciudadano real, buscan colarse en listas legislativas donde no suman ni diez votos. No lo hacen para representar a nadie, sino para existir políticamente, aunque sea de manera artificial, o para asegurar algún rédito económico en el camino.

Son los sapos de la política. Figuras que saltan de una lista a otra, de una orilla ideológica a su contraria, sin mayor explicación ni pudor. Hoy aparecen en un proyecto que se autoproclama transformador; mañana, sin mayor trauma, en una coalición que representa exactamente lo opuesto. El salto no responde a convicciones ni a procesos colectivos, sino a una lógica simple: estar adentro.

Lo verdaderamente preocupante no es el salto en sí, sino lo que revela. Estos movimientos exponen una política vaciada de contenido, donde la pertenencia partidaria dejó de ser identidad para convertirse en trámite, y donde las listas funcionan más como refugios circunstanciales que como expresiones de proyectos políticos sólidos. La ideología se vuelve decorativa y el discurso, intercambiable.

En el Cesar, este fenómeno se repite con particular claridad. En medio de listas extensas y alianzas forzadas, aparecen nombres que no han construido liderazgo territorial, que no movilizan ciudadanía y que no representan sectores sociales concretos. Son candidaturas que existen más en el papel que en la realidad: figuran en el tarjetón, conceden entrevistas y hablan de “proyectos de región”, aunque en la práctica no los vota ni su propia madre, y aun así logran un lugar en listas donde la representación parece secundaria frente a la conveniencia.

Hay además un rasgo común que atraviesa a muchos de estos “sapos políticos” y que rara vez se menciona: la mayoría proviene del aparato estatal. Han sido funcionarios, asesores, contratistas o piezas menores del engranaje público. Y desde allí confunden —o pretenden confundir— dos planos que son radicalmente distintos.

Porque ser funcionario no es lo mismo que ser elegido por voto popular. El funcionario llega por designación; el elegido, por legitimidad ciudadana. El primero responde a un jefe político; el segundo debería responder a los electores. Uno administra; el otro representa. Esa diferencia, esencial para cualquier democracia, parece haberse diluido en la práctica política local.

Muchos de estos aspirantes jamás han pasado por el juicio directo de las urnas. No han puesto su nombre a consideración de la gente, no han convencido mayorías, no han construido confianza social. Aun así, pretenden que el paso a la representación popular sea una consecuencia natural de haber ocupado un cargo público, cuando en realidad es un camino completamente distinto, mucho más exigente y mucho menos garantizado.

Y es ahí donde surge la pregunta incómoda, casi olvidada entre el ruido de las inscripciones y las listas infladas: ¿en qué momento la estructura partidaria dejó de significar algo? ¿Cuándo los partidos renunciaron a su función básica de formar políticamente a sus cuadros, educar a sus líderes, construir doctrina y exigir mérito, trayectoria y esfuerzo antes de postular un nombre?

Hubo un tiempo —no ideal, pero sí más honesto— en el que pertenecer a un partido implicaba recorrer un camino: militar, aprender, sostener una línea, ganarse el derecho a representar. Hoy parecería que basta con haber orbitado el Estado y saltar a tiempo de una orilla a otra para acceder a una lista y, con ella, a los beneficios del sistema.

Mientras los partidos sigan funcionando como refugios circunstanciales para ambiciones personales y no como espacios de formación política, los sapos seguirán apareciendo en cada temporada electoral. Porque la política no se dignifica acumulando nombres en una lista ni administrando cargos heredados, sino recuperando aquello que hoy parece extraviado: una verdadera vocación por lo público y la construcción de liderazgo real y legítimo, nacido del esfuerzo, del mérito y del respaldo ciudadano, no de los atajos ni de los saltos oportunistas.

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