La semana pasada, Valledupar Cómo Vamos presentó los resultados de la Encuesta de Percepción Ciudadana 2025, una herramienta que recoge el sentimiento y la opinión de los habitantes de la ciudad frente a distintos temas, entre ellos el entorno económico, la educación, el empleo, la salud, el transporte, la vivienda, los servicios públicos, la cultura ciudadana y el gobierno e institucionalidad.
Uno de los hallazgos más inquietantes es el bajo nivel de participación ciudadana en los asuntos de ciudad. Los datos muestran que más del 95 % de los habitantes de Valledupar no se involucran en los espacios de participación promovidos por los gobiernos locales ni por las comunidades u organizaciones ciudadanas. De estos, la mitad indicó que no participa en esos espacios porque no le interesan los temas a los que ha sido convocado. Estas cifras dan cuenta de una profunda apatía del ciudadano del común frente a la vida pública, una ciudadanía que no se compromete ni con el desarrollo de la ciudad ni con las decisiones que toman quienes la gobiernan.
Cuando la ciudad va mal, lo habitual es escuchar quejas contra el gobernante de turno y expresar frustración frente a promesas incumplidas. Rara vez se hace una reflexión crítica sobre el papel de la propia ciudadanía. En Valledupar, esa apatía no solo se manifiesta en la falta de participación en los espacios formales, sino también en comportamientos cotidianos, en cada infracción de tránsito, en cada basurero improvisado en el espacio público, en cada daño al mobiliario urbano y a los bienes comunes.
Los ciudadanos somos corresponsables de la calidad de vida en una ciudad. Sin embargo, en Valledupar parece haberse debilitado ese sentido de pertenencia que en otra época nos distinguía y que hoy resulta indispensable para construir una ciudad más justa, ordenada y habitable.
Cuando el ciudadano no se involucra, la ciudad empieza a decidirse sin ciudadanía. Los espacios de participación se vuelven comités de aplausos, las decisiones públicas se concentran en pocos actores y la planeación pierde contacto con la realidad cotidiana de los barrios. La falta de control social facilita la improvisación, debilita la rendición de cuentas y normaliza prácticas ineficientes o poco transparentes. Una ciudad con ciudadanos ausentes es más vulnerable a malos gobiernos, pero también a malas decisiones que, no responden al interés colectivo.
La no participación desgasta la confianza y el tejido social. La ciudad deja de percibirse como un proyecto compartido y como el hogar de todos, para convertirse en un simple lugar de tránsito, donde cada quien se ocupa solo de lo suyo. En ese contexto, el incumplimiento de normas, el deterioro del espacio público y la indiferencia frente al otro son solo consecuencias previsibles.
Renunciar a participar es renunciar a incidir, a vigilar y a exigir. Valledupar no puede aspirar a ser una mejor ciudad si su ciudadanía decide mantenerse al margen. Es necesario trascender la contante queja hacia los gobernantes y empezar a preguntarnos qué estamos dispuestos a hacer los ciudadanos para dejar de ser parte del problema.