Por Rafael José Pérez De Castro
La Guaireñita es de esas canciones vallenatas que quedan instaladas en la memoria colectiva como retratos vivos de la cotidianidad del Caribe rural, donde lo que para el habitante local es una simple travesura, para un observador externo —o peor, para un abogado con tiempo libre durante la vacancia judicial— puede configurar sin mayor esfuerzo un caso penal completo.
Hernando Marín Lacouture nos cuenta la historia de un personaje que, con la tranquilidad de quien ya superó sus propias fechorías, recuerda sus andanzas juveniles. No eran paseos precisamente inocentes. A bordo de una burra llamada, sin rubor alguno, “Placeres Tengo”, el sujeto recorría los caminos de las poblaciones de Boca del Monte, La Sorpresa y Pondorito en el centro del departamento de La Guajira.
Ya desde el nombre de la burra uno entiende que el muchacho no era tímido. En el Caribe, ponerle ese nombre a una pollina no es un accidente lingüístico; es más bien una declaración de principios. Y quien así bautiza su medio de transporte difícilmente se detiene a pedir permiso para entrar a una finca. Y, en efecto, no lo hacía.
El propio relato deja claro que no ingresaba por la puerta principal ni con la venia del propietario. Lo suyo era por la orilla, por los lienzos, por donde no hubiera ojos vigilantes. ¿El objetivo? Cortar caña de azúcar ajena. Así, sin rodeos. Para consumo inmediato, para llevar a la casa o, simplemente, por malicia.
Estamos frente a un inconfundible caso de hurto, es decir, apoderamiento de cosa mueble ajena con el propósito de obtener provecho para sí o para otro. Y, si nos ponemos estrictos —que a veces toca—, incluso podría hablarse de una conducta calificada por el ingreso clandestino.
Pero lo verdaderamente sabroso del relato no es solo el hecho, sino el escenario probatorio que se construye. Por un lado, la confesión: el personaje admite que “robó” la caña. No hay eufemismo. No hay “tomé prestado”. Dice: Robé. Si esto estuviera en un expediente, el fiscal pediría audiencia de juicio oral con una sonrisa de victoria dibujada en su rostro. Por el otro, la prueba testimonial: aparecen nombres propios —Norberto, René, Lizandro, José—; toda una comunidad que, entre risas y recuerdos, podría declarar sobre las andanzas del protagonista. En cualquier proceso formal ya estarían citados a declarar, aunque probablemente terminarían contando más anécdotas.
Sin embargo, nada de eso fue concluyente. Lo decisivo fue la huella dejada por la guaireña, que es una sandalia de fabricación artesanal Wayuu con suela de caucho de llanta reciclada y utilizadas para resistir las largas caminatas en la arena de la península de La Guajira. El muchacho no contaba con ese detalle pues mientras él pensaba que el barro era tierra cualquiera, en realidad estaba firmando su propia acta incriminatoria.
Entra en escena Pedro Soto, una especie de vigilante sin credencial, investigador sin diploma, pero con un gran sentido común. Durante mucho tiempo fue derrotado por la agilidad del joven y la eficiencia logística de “Placeres Tengo”. Siempre llegaba tarde. Siempre perdía. Hasta que un día dejó de correr y empezó a observar.
Pedro Soto vio la huella. Leyó las letras —posiblemente Goodyear, Michelin o Firestone—. Tiempo después, compartiendo en otro escenario miró la suela del chico. Recordó, comparó y concluyó. Sentenció que esa huella era del muchacho y ahí se cerró el caso. No hizo falta juez. No hizo falta fiscal. El barro —ese “documento” natural, espontáneo y absolutamente sincero— junto con los indicios acumulados bastó para que el acusado quedara, como él mismo dice, en un callejón sin salida.
Y es ahí donde aparece la grandeza —y la ironía— del asunto. La prueba documental se impuso con una contundencia que no admitió réplica. La pisada plasmada en el barro, sin firma, sin autenticación ni código QR, terminó valiendo más que cualquier otra prueba. Es el triunfo de la lógica sobre el formalismo. El barro no necesitó notario que lo autenticara.
Y si uno lo mira bien, Soto aplicó sin saberlo eso que los abogados llaman reglas de la experiencia y sana crítica. Sabía cómo marcan esas suelas, conocía el terreno y tenía claro quién andaba de travieso. Sumó lo que veía con lo que el tiempo y la vida le habían enseñado y no se equivocó.
Al final, uno entiende que estas canciones no son solo cuentos cantados. El vallenato termina siendo una especie de archivo probatorio de la vida. Ahí están los hechos, los lugares, los nombres propios, las conductas y hasta las intenciones, todo narrado con una precisión que, si se quisiera, permitiría armar una teoría del caso sin mayor esfuerzo. Solo que, en vez de estar en un expediente, está en guitarra, caja, guacharaca y acordeón.