El dolor no debería ser un arma política.
La muerte de un niño siempre es una derrota moral para cualquier sociedad.
Más aún cuando ese niño padecía una enfermedad que exigía cuidado permanente, atención médica oportuna y acompañamiento responsable.
Kevin - un menor con hemofilia - murió.
Y en lugar de que el país se concentrara en lo esencial - qué falló, cómo evitarlo, quién debía garantizar su tratamiento -, asistimos a una escena conocida: la politización inmediata del dolor.
La madre afirmó que no recibió el medicamento.
El presidente respondió que, además del acceso a tratamientos, la prevención exige educación a las familias sobre los riesgos que no deben asumir los menores con enfermedades de especial cuidado.
Y entonces vino la avalancha.
El exministro de Salud Alejandro Gaviria calificó al presidente de “cínico” y “desvergonzado”.
Y la frase sobre prevención se convirtió, por arte de polémica, en un supuesto ataque a una madre en duelo.
Ahí es donde el debate se extravía.
Porque de la propia historia clínica se desprende que la causa inmediata de la muerte de Kevin fue un trauma craneoencefálico: un hecho devastador, pero accidental. No fue la hemofilia la causa directa del deceso, sino el trauma craneoencefálico, que en un niño con su condición comportaba un riesgo mucho mayor. Eso fue lo que señaló el presidente. Sin embargo, conocida esa realidad, la discusión dejó de ser sanitaria para volverse política: ya no importó comprender cómo ocurrió el accidente ni cómo prevenir otros, sino que el presidente hubiera leído la historia clínica. La tragedia convertida en argumento; el duelo, en munición.
Un niño con hemofilia no puede asumir riesgos físicos comunes a otros niños.
No por capricho, es por condición clínica, decirlo no es culpar, es prevenir.
Y resulta aún más desconcertante que esa obviedad sanitaria sea atacada con adjetivos morales precisamente por quien dirigió durante varios años la política pública de salud del país.
El caso de Kevin es doloroso, pero no es nuevo.
Durante décadas, en Colombia, miles de familias han debido aprender - a veces solas - a manejar patologías que exigen cuidados extremos, sin el acompañamiendo pedagógico requerido para una situación tan compleja.
La educación familiar en estas condiciones no es opcional: es parte del tratamiento.
Por eso inquieta que, ante una tragedia, el debate se reduzca a la descalificación del adversario político, en lugar de examinar responsabilidades estructurales: acceso real a medicamentos, seguimiento clínico y formación a los adultos responsables.
Nada de eso se discute cuando el dolor se convierte en material de ataque.
Kevin no debería ser una bandera, debería ser una lección.
Los niños con enfermedades de alto riesgo necesitan medicamentos, seguimiento y familias formadas en su cuidado.
Decirlo no es cinismo, es prevención.
Lo contrario -callarlo por conveniencia- sí sería renunciar a la honestidad pública.