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Opinion

¿Sería más grande el Festival de la Leyenda Vallenata con “La Cacica”?

Por
Ricardo Andrés Molina Molina
Wednesday, May 6, 2026 2:57 PM
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Después de vivir ese guayabo sentimental que deja el Festival Vallenato —esa mezcla de alegría, nostalgia y vacío que queda cuando el último acorde se apaga—, Valledupar parece quedarse conversando consigo misma. Las calles ya no vibran igual, pero en el aire persiste algo: una emoción que no se va, una memoria que sigue latiendo. Y mientras el corazón aún procesa lo vivido, la mirada empieza a dirigirse hacia lo que viene: los 60 años del Festival de la Leyenda Vallenata, el esperado “Rey de Reyes”, una cita con la historia, pero también con el compromiso.

En medio de ese tránsito entre lo que fue y lo que será, hay una sensación difícil de ignorar: algo nos conmueve profundamente, pero también nos inquieta.

“No sé qué tiene el acordeón de comunicativo que, cuando lo oímos, se nos arruga el sentimiento”. La frase de Gabriel García Márquez no es solo un elogio poético: es la radiografía de una identidad. Gabo entendía que Cien años de soledad no era más que un vallenato extendido en 400 páginas, una narración donde el alma Caribe se cuenta a sí misma. Hoy, sin embargo, ese sentimiento no solo está “arrugado”: parece herido.

El vallenato tradicional no nació como un producto de mercado, surgió de una síntesis profunda: los cantos de vaquería, el carrizo indígena, los tambores africanos, la guacharaca y el acordeón europeo confluyeron para dar origen a una expresión auténtica. Durante décadas, fue nuestro “correo cantado”, un canal de comunicación que narraba aquello que la historia oficial no registraba. Era memoria, era identidad, era tejido social.

Las parrandas, lejos de ser simples celebraciones, constituían espacios de encuentro donde se compartían saberes, afectos y relatos. Allí, el vallenato cumplía una función esencial: permitir que una comunidad se reconociera en su propia voz, en su propia historia.

Sin embargo, hoy enfrentamos una preocupante forma de “amnesia cultural”. No se trata únicamente del paso del tiempo, sino de un deterioro estructural que combina desinterés académico, ausencia de investigación rigurosa y, más grave aún, la consolidación de prácticas que distorsionan la esencia del mérito artístico.

Mientras la UNESCO nos reconoce como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en Necesidad de Salvaguardia Urgente, en nuestra propia casa parece diluirse lentamente lo que nos hizo únicos. Hay una contradicción que no podemos ignorar: afuera se valora nuestra esencia, pero adentro, en algunos escenarios, se está desdibujando.

En ese contexto, es necesario decir algo que muchos comentan en voz baja, pero pocos se atreven a expresar con claridad: cuando los intereses personales y económicos se imponen sobre el criterio cultural, el daño es evidente. Dentro de los concursos del Festival se han instalado prácticas que, bajo la responsabilidad de algunos miembros y jurados, terminan afectando el principio de excelencia. En lugar de garantizar procesos claros, objetivos y fieles al folclor, se han permitido decisiones que responden a intereses distintos al talento.

Esto ha debilitado la credibilidad de estos espacios, tanto para el público como para los participantes, quienes perciben que el mérito, el proceso y la esencia han sido desplazados por dinámicas que no siempre reflejan transparencia ni respeto por la cultura.

Las implicaciones de esta distorsión son especialmente graves en el semillero. Niños y jóvenes que deberían encontrar en el vallenato un camino de vida observan con creciente escepticismo un sistema que no garantiza equidad. Cuando una nueva generación pierde la confianza en la transparencia de sus referentes, no solo se debilita el presente: se compromete el futuro mismo de la tradición.

Es aquí donde resulta inevitable evocar a mi abuela Consuelo Araújo Noguera, “La Cacica”. No como un ejercicio de nostalgia, sino como un referente de carácter, visión y liderazgo. Su legado no fue la creación de una estructura rígida, sino de un proyecto vivo, en permanente construcción, orientado a proteger, preservar y proyectar el vallenato como nuestro máximo patrimonio cultural.

La Cacica comprendía con claridad que la legitimidad de una institución cultural descansa en su capacidad de autorregularse con rigor y transparencia. Su liderazgo no se sostenía en la complacencia, sino en la exigencia. Prueba de ello fue la decisión que tomó cuando advirtió que un miembro —vinculado a la Fundación y al cuerpo de jurados— incurría en prácticas contrarias a los principios y reglamentos del Festival. Sin titubeos, lo apartó de sus funciones, dejando un mensaje contundente: ningún interés particular puede estar por encima de la integridad del certamen y el talento de sus participantes.

Ese carácter firme, acompañado de una ética inquebrantable, consolidó la confianza en el Festival como un escenario respetuoso del talento. Su ejemplo no solo marcó una línea de conducta, sino que estableció un estándar: coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

Si hoy pudiera observar el rumbo del Festival, difícilmente guardaría silencio. Señalaría, con la misma determinación que la caracterizaba, la necesidad de ajustes, renovación y apertura. No para destruir lo construido, sino para garantizar su permanencia con dignidad.

Porque los cambios no son una amenaza; son una condición de supervivencia.

Negarse a revisar las estructuras es condenar al vallenato a una lenta asfixia. No podemos seguir defendiendo esquemas cerrados que limitan la evolución de una expresión que, por naturaleza, ha sido dinámica, narrativa y profundamente humana. El relevo generacional, la inclusión de nuevas miradas y la autocrítica institucional no debilitan la tradición: la fortalecen.

El verdadero riesgo no está en cambiar, sino en negarse a hacerlo.

Hoy más que nunca, necesitamos recuperar el sentido del Festival como un espacio auténtico, donde el talento vuelva a ser el eje central, donde la narrativa recupere su valor y donde las nuevas generaciones encuentren razones reales para creer.

Porque cuando el vallenato deja de contar quiénes somos, deja de ser vallenato.

Y cuando el Festival pierde su esencia, deja de ser leyenda.

Pero también es necesario mirar hacia adentro. La transformación no depende exclusivamente de las instituciones. Cada oyente, cada artista, cada ciudadano tiene un papel en la construcción de lo que hoy representa el vallenato. Lo que se aplaude, lo que se valida y lo que se cuestiona también define el rumbo de una cultura.

Tal vez el verdadero homenaje a mi abuela Consuelo no sea recordarla en el discurso, sino honrarla en la acción. Actuar con la misma firmeza con la que defendió el mérito, con la misma claridad con la que entendió el valor de esta identidad.

Porque al final, la pregunta no es si el Festival sería más grande con ella.

La verdadera pregunta es si estamos siendo lo suficientemente responsables para estar a la altura de lo que ella construyó.

Y esa respuesta no se canta.

Se demuestra.

¡Shalom y bendiciones para todos!

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Ricardo Andrés Molina Molina
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