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El soldado que partió dos veces

Desde Valledupar hasta Ucrania: el viaje sin retorno de Affeth Yesid. Ahora su familia libra otra batalla: rescatar su cuerpo de tierra de nadie.

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Andres Molina
Tuesday, November 18, 2025 1:07 AM
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Valledupar.

A Affeth Yesid Coronado Mendoza la muerte lo encontró lejos del río Guatapurí, en una tierra fría cuyo nombre su familia no puede pronunciar sin que se les encoja el alma. Tenía 27 años y ya había emprendido dos viajes sin retorno: el primero, cuando salió de Valledupar con una maleta y sueños; el segundo, cuando cruzó el océano hacia una guerra que no era suya.

Su hermana Valentina lo recuerda parado en la puerta de su casa en el barrio Villa del Rosario, en aquel mayo caluroso que sería el último tiempo de paz. "Se fue a Medellín a trabajar en el aeropuerto", cuenta, y en su voz hay un dejo de magia triste, como si supiera que algunos hombres están condenados a perseguir el horizonte.

La llamada del 22 de septiembre sonó como un presagio. "Voy para Ucrania", anunció Affeth, y en la casa se hizo un silencio pesado, el mismo que precede a los temporales. Le rogaron que no fuera, que la guerra es un monstruo que devora sueños y escupe cadáveres. Pero él ya había tomado la decisión, embrujado por cantos de sirena que prometían fortunas en divisas extranjeras.

El arrepentimiento

Desde Europa, Affeth comenzó a enviar mensajes que parecían escritos con tinta invisible de nostalgia. "No todo era como me lo habían pintado", confesó en una de esas llamadas que atravesaban continentes como suspiros perdidos. Ya era tarde para volver atrás: había firmado un pacto con el diablo de la guerra y ahora pertenecía a la maquinaria militar ucraniana.

Valentina describe esos días como un viacrucis de esperanzas rotas. "Era nuestro sustento", dice, y en sus ojos se refleja la imagen del hermano que quiso convertir su vida en un milagro económico para las hermanas que dejaba atrás.

La noticia de su muerte llegó un jueves cualquiera, como suelen llegar las tragedias. Un compañero de unidad llamó para decir que una granada había silenciado para siempre la risa de Affeth. En Valledupar, el reloj de la familia se detuvo en ese instante.

La agonía de la espera

Ahora viene el calvario más cruel: el cuerpo de Affeth yace en tierra de nadie, en algún lugar entre Ucrania y la eternidad, atrapado en una zona donde los vivos no pueden entrar y los muertos no pueden salir. Las autoridades dicen que el combate es tan feroz que ni siquiera la muerte puede transitar por esos caminos.

Un amigo de la familia, convertido en ángel custodio de esta tragedia, explica que recuperar las pertenencias de Affeth -y quizás algún día su cuerpo- se ha convertido en una batalla casi tan difícil como la que libró el joven en el frente.

Valentina se aferra a los recuerdos como quien se agarra a un madero en medio del naufragio. Recuerda a su hermano caminando por las calles empedradas de Villa del Rosario, con ese andar de hombre bueno que creía poder desafiar al destino.

Mientras tanto, en algún lugar de Ucrania, el cuerpo de Affeth espera su segundo regreso a casa. Esta repatriación se ha convertido en una odisea épica, donde la familia libra su propia guerra contra la burocracia, la distancia y la impiedad de los misiles.

El soldado vallenato que quiso cambiar su suerte encontró la muerte en una guerra ajena, y ahora su familia lucha contra otro enemigo invisible: la imposibilidad de llorarlo donde corresponde, en la tierra cálida que lo vio nacer.

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