Las elecciones legislativas y las consultas dejaron una señal política que resulta difícil de ignorar: el discurso antipetrista, convertido durante años en estrategia electoral, empieza a mostrar signos evidentes de agotamiento.
Durante mucho tiempo bastaba con invocar el caos económico o del supuesto fin de la democracia para movilizar votantes. Era una fórmula simple: construir miedo y convertirlo en votos. Pero esta vez el libreto no funcionó como antes.
Los resultados hablan con claridad.
La candidata Vicky Dávila, quien apostó gran parte de su discurso político a la confrontación frontal con el gobierno, obtuvo una votación claramente inferior a las expectativas que ella misma y su entorno habían construido. El antipetrismo, como único proyecto político, mostró sus límites.
Algo similar ocurrió con quienes han convertido el discurso agresivo y polarizante en su principal identidad política. Figuras como Lina Garrido o Miguel Polo Polo, conocidas más por sus ataques que por propuestas concretas, tampoco lograron traducir esa retórica de confrontación permanente en un respaldo electoral significativo. El odio moviliza ruido en redes sociales, pero no necesariamente votos.
Los electores parecen estar enviando un mensaje distinto: la política no puede reducirse a la negación del adversario.
También hubo castigos políticos que revelan algo más profundo: la memoria del electorado.
Catherine Miranda, elegida en su momento con apoyo de sectores progresistas, recibió una clara factura política después de su distanciamiento y de sus ataques al gobierno que ayudó a elegir. En política, como en la vida, las rupturas tienen consecuencias.
Uno de los resultados más simbólicos fue el de Ingrid Betancourt. Su partido Oxígeno no alcanzó el umbral y su candidato, Juan Carlos Cardenas, hizo una campaña centrada casi exclusivamente en atacar al presidente Gustavo Petro. El resultado deja una enseñanza elemental: un proyecto político que se limita a oponerse al otro difícilmente logra convocar mayorías.
Pero quizás uno de los casos más reveladores sea el de Jorge Enrique Robledo. Durante años fue una de las figuras más influyentes de la izquierda colombiana y llegó a obtener una de las votaciones más altas del Senado cuando militaba en el Polo Democrático Alternativo.
Sin embargo, en estas elecciones también quedó por fuera.
La política tiene memoria, pero también coherencia ideológica. Robledo dejó de recoger el respaldo de amplios sectores de la izquierda tras su ruptura con ese proyecto político y su posterior alineación con el sector de Sergio Fajardo. Muchos de quienes durante años lo acompañaron ya no se sintieron representados por ese nuevo lugar político, y el electorado simplemente tomó nota.
En el plano regional también se evidencian estas mismas tensiones. El caso de Claudia Margarita Zuleta resulta particularmente ilustrativo. Su capital político se construyó, en buena medida, a partir de un discurso frontal contra la tradicional casa politica de los Gnecco, lo que le permitió conectar con un sector del electorado inconforme y alcanzar una votación importante en la pasada elección de gobernación del Cesar, donde terminó ocupando el segundo lugar.
Sin embargo, en esta ocasión su narrativa política tomó otro rumbo. El discurso que antes se concentraba en la disputa con los poderes locales terminó desplazándose hacia una confrontación directa con el gobierno nacional. Ese viraje tuvo un costo político evidente: buena parte de los votantes que la acompañaron en la elección regional no se sintieron convocados por una campaña marcada ahora por el antipetrismo. El resultado fue una votación baja que contrasta con las expectativas que rodeaban su aspiración. En términos estrictamente electorales, su llegada al Congreso terminó dependiendo más de su ubicación privilegiada dentro de la lista cerrada del Centro Democrático que de una votación significativa.
Pero las elecciones también dejaron una lección sobre qué tipo de discurso sí logra conectar con el electorado.
El caso de Juan Daniel Oviedo resulta ilustrativo. Con un tono moderado, distante de los gritos y la confrontación permanente, y reconociendo incluso algunos logros del actual gobierno, logró cautivar a un sector importante del electorado y alcanzar un poco más de un millón de votos en la consulta.
El resultado demuestra que en el ambiente político actual hay espacio para discursos más sobrios, menos incendiarios y más centrados en propuestas que en ataques.
La política colombiana parece estar entrando en una nueva etapa. Después de años en los que el miedo fue el combustible principal de muchas campañas, el electorado empieza a exigir algo más que advertencias apocalípticas.
Criticar al gobierno es legítimo y necesario en cualquier democracia. Pero una cosa es la crítica y otra muy distinta es construir una identidad política basada únicamente en el rechazo.
Las elecciones de esta semana parecen mostrar que el país empieza a cansarse de esa fórmula.
Porque el miedo puede ser una herramienta poderosa, pero cuando se usa demasiado termina perdiendo su efecto.
Y entonces la política queda obligada a hacer lo que siempre debió hacer: proponer.