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Opinion

Despertar del embrujo

Por
José Jorge Molina Morales
Saturday, April 4, 2026 7:29 PM
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Hubo un tiempo en que el país dormía.

No por cansancio, sino por hechizo.

Como en el viejo relato de la bella durmiente, Colombia yacía bajo un embrujo delicado y persistente: no había cadenas visibles, pero tampoco movimiento. Todo parecía en orden, todo parecía quieto, todo parecía inevitable. El tiempo pasaba, los gobiernos cambiaban de nombre, pero no de rostro.

Era el hechizo de la costumbre.

El embrujo de aceptar.

Se volvió natural que el poder tuviera dueños, que los cargos circularan en los mismos círculos, que gobernar fuera asunto de linajes: los Valencia, los Lleras, los Pastrana… como si la democracia fuese una herencia familiar y no una decisión colectiva.

Se volvió normal que los territorios esperaran, que el Estado no llegara, que millones vivieran al margen de un país que también les pertenecía.

Ese era el sueño profundo.

Un sueño sin sobresaltos, pero también sin despertar.

Hasta que algo ocurrió.

No fue un beso de cuento, ni un acto mágico.

Fue más bien una sacudida lenta, como la luz filtrándose por una ventana cerrada durante años.

La tierra empezó a cambiar de manos, más de 700 mil hectáreas dejaron de ser promesa para convertirse en realidad.

El salario mínimo creció con dignidad, desmintiendo los augurios del desastre, mientras el empleo encontraba su equilibrio.

Los caminos comenzaron a llenarse, el turismo floreció, el campo respiró en sus exportaciones.

Y entonces, como en aquellas páginas de Cien años de soledad, cuando Aureliano Triste llevó el tren a Macondo y rompió el aislamiento de un pueblo condenado a mirarse a sí mismo, el país volvió a mirar hacia el riel.

Porque hubo un tiempo en que el tren existía.

Y también hubo un tiempo - más largo, más absurdo - en que el embrujo nos hizo ver normal su desaparición.

Como si el progreso pudiera abandonarse sin consecuencias.

Como si el olvido fuera destino.

Hoy, entre licitaciones y proyectos, el tren vuelve a asomarse en el horizonte.

No como nostalgia, sino como posibilidad.

No como recuerdo, sino como decisión.

Y en los territorios - allí donde el país era apenas una idea lejana - empezó a sentirse una presencia distinta.

También la educación comenzó a anunciar otro horizonte:

en regiones donde la medicina ha sido una ausencia histórica, hoy se proyecta la creación de facultades en la Universidad Popular del Cesar y en la Universidad de La Guajira.

No es todavía el final del camino, pero sí el inicio de algo que antes ni siquiera se imaginaba.

Y, sobre todo, cambiaron los rostros.

Los que antes estaban afuera empezaron a estar adentro.

Las voces afro, indígenas, campesinas, jóvenes y diversas dejaron de ser susurro para convertirse en palabra.

El país empezó, lentamente, a parecerse a sí mismo.

Nada de esto fue un embrujo.

Nada de esto fue un hechizo.

Fue el despertar.

Claro, no todo ha sido inmediato.

Hay resistencias, hay pasillos donde el viejo sueño aún intenta prolongarse, donde las reformas se detienen y el cambio se disputa.

Pero incluso allí, el hechizo ya no es total.

Porque quien ha despertado una vez, no vuelve a dormir igual.

Por eso, cuando se habla de embrujos que persisten, tal vez se confunde el relato.

No es el país el que sigue hechizado.

Es el viejo orden el que no termina de aceptar que el sueño se acabó.

Colombia abrió los ojos.

Y hay despertares - como en los cuentos - que no anuncian el final, sino el comienzo de la historia.

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José Jorge Molina Morales
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