Bogotá.
La reciente doble jornada de amistosos ha encendido las alarmas en todo el país tras las preocupantes derrotas ante Croacia (1-2) y una Francia (1-3) que, para colmo de males, jugó gran parte del encuentro con su equipo "B". Lo que debía ser una prueba de fuego para medir el aceite de cara al Mundial 2026 terminó siendo un balde de agua fría que desnudó las carencias de un proceso que parece haber perdido el norte. La falta de contundencia en las áreas y la fragilidad defensiva ante rivales europeos de jerarquía dejaron una sensación de inferioridad que no se veía en años, rompiendo un invicto histórico y sembrando el pesimismo entre la afición.
El planteamiento táctico de Néstor Lorenzo quedó bajo la lupa y bajo un fuego cruzado de críticas justificadas. Su insistencia en un esquema que no logra transiciones rápidas y que regala espacios en el mediocampo fue un suicidio táctico frente a la disciplina croata y la potencia física gala. Resulta incomprensible la pasividad del estratega para leer los partidos en tiempo real; los cambios llegaron tarde o no aportaron las soluciones necesarias, evidenciando una desconexión entre su pizarra y la realidad del campo. Lorenzo parece aferrado a una zona de confort que hoy, ante potencias mundiales, luce obsoleta y peligrosamente predecible.
El nivel individual de las "vacas sagradas" es, quizás, el punto más bajo de esta gira. James Rodríguez lució errático, lento y sin el peso específico que su banda de capitán le exige, mientras que Juan Fernando Quintero entró en un letargo creativo que poco aportó para romper líneas defensivas. No se trata solo de nombres, sino de un rendimiento colectivo paupérrimo donde figuras como Camilo Vargas cometieron errores groseros y los referentes en ataque, salvo chispazos aislados de Luis Díaz, brillaron por su ausencia. Es inaceptable que jugadores de este calibre muestren tal apatía cuando el máximo compromiso futbolístico está a la vuelta de la esquina.
La autocrítica en el seno de la Federación Colombiana de Fútbol debe ser total y despiadada. No hay margen para declaraciones tibias o "análisis positivos" cuando el equipo retrocede en su funcionamiento básico. La dependencia de individualidades que hoy no atraviesan su mejor momento físico ni mental está arrastrando al abismo el sueño mundialista. Si no se sacude el vestuario y se replantea la estrategia de fondo, Colombia corre el riesgo de ser un mero espectador de lujo en la próxima cita orbital, un destino que esta generación no se puede permitir tras tanto esfuerzo por clasificar.
Es imperativo tomar correctivos inmediatos. Néstor Lorenzo debe decidir si mantendrá la jerarquía de los nombres por encima del rendimiento actual o si finalmente dará paso a una renovación real que aporte la dinámica que el fútbol moderno exige. El tiempo no es un aliado: la cita mundialista no perdona la improvisación ni la falta de carácter. La Selección Colombia necesita un timonazo urgente, una limpieza táctica y un baño de realidad antes de que el sueño de 2026 se convierta en una pesadilla nacional definitiva.