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Cuando el pasado suena: análisis de la canción 'Hermosos tiempos' de Carlos Huertas Gómez

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Redacción general
Saturday, April 11, 2026 12:13 AM
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Por Rafael José Pérez De Castro*

Cada vez que suena Hermosos tiempos parece que no hablara solo de Fonseca, sino de toda esta tierra entre Valledupar y el centro de La Guajira, donde uno siente que el pasado todavía respira aunque ya no se vea igual. Como si esa voz de Carlos Huertas Gómez estuviera recordando algo que no es ajeno, sino propio.

Esos versos de los trapiches, de los caballos, de la naturaleza, de lo rural no se sienten lejanos; llegan a mi memoria como algo vivido en el corregimiento de Aguas Blancas (Valledupar) donde compartí con mis abuelos maternos. Todo eso era parte de la vida cotidiana. El sonido de los animales, el movimiento del campo, la gente en sus oficios, algunos periodos de silencios, el intenso calor de la tarde y la tranquilidad de la noche. No era algo que se contaba, era algo que se respiraba todos los días. Por eso la canción no la siento como historia vieja, sino como una continuación de lo que alcancé a conocer en mi infancia.

Ahora, cuando el autor nombra Fonseca también aparece en mi mente toda esa zona del centro y sur de La Guajira que siempre ha estado tan ligada a Valledupar. Hay una cercanía que no es solo geográfica pues hay amigos, hay familia, hay costumbres compartidas, hay arraigo. Viajar por esa región deja una sensación distinta por la luz, el olor, el viento, los paisajes, pero también por la calidez y amabilidad de la gente. Es un territorio donde la naturaleza y la cultura están juntas, donde cada pueblo tiene algo que contar y donde uno siente que todo tiene raíz. Esa riqueza no se explica fácil, pero se percibe.

En el nostálgico relato del compositor, la vida tenía unas costumbres muy marcadas que hacían parte del día a día sin necesidad de explicarlas. Las riñas de gallos eran uno de esos espacios donde la gente se reunía, no solo por la pelea, sino por todo lo que pasaba alrededor, las conversaciones, las apuestas, las risas, el ambiente que se formaba. Todo eso ocurría en medio de un paisaje muy propio de la región, donde se mezclaban los verdes cañaverales con la fuerza del monte guajiro, donde el cardón se levantaba firme y la tuna aparecía como parte natural del camino. Era una tierra que tenía carácter, que no era uniforme, que combinaba lo fértil con lo agreste, y donde la vida se desarrollaba en armonía con ese entorno.

También aparece esa costumbre de mencionar nombres, como Parodi, Vásquez o Chema Gómez. No se trata solo de evocaciones a sus amigos, sino de una manera de reconocer a los compositores de otra época. En esta zona siempre se ha cantado así, trayendo al presente a quienes hicieron parte de ese mundo, como una forma de inmortalizar la memoria cultural.

Por eso entiendo la nostalgia de Huertas porque él no estaba mirando un pasado lejano, estaba viendo cómo ese mundo cambiaba en su propia vida y en sus narices. Para cuando se publica la canción en 1972 ya el país venía transformándose con más carreteras, más movimiento hacia las ciudades, otra manera de vivir. El vallenato mismo empezaba a salir de la parranda y la juglaría para meterse en estudios, grabaciones y disqueras. Se volvía más conocido, pero también más distante de ese origen tan natural y rural.

Entonces esa comparación entre antes y ahora nace de haber vivido los dos tiempos. No es una idealización vacía. Es la impresión de ver cómo se va perdiendo algo que tenía un valor profundo, porque lo que se extraña no es solo el trapiche, el caballo o los cañaverales, es la forma de vivir, de reunirse, de compartir, de cantar y de componer.

Después de escuchar con detenimiento la canción queda la sensación de que el tiempo cambia muchas cosas, pero no puede borrar del todo lo que se vivió. Esa vida sencilla, esa relación con la tierra, esa manera de sentir la música local sigue ahí, guardadas en la memoria y en las canciones. Y mientras estas sigan sonando, esos tiempos no desaparecen.

En últimas, la obra es una añoranza sincera de un tiempo que ya se fue, vista desde la sensibilidad de un compositor costumbrista y provinciano que no inventaba historias, sino que las vivía. En Huertas hay humanidad; lo que canta es lo que conoció, lo que recorrió y lo que sintió en su propia tierra fonsequera.

* Abogado de la UPC. Especialista y Magister en Derecho Público. Magistrado auxiliar del Consejo de Estado.

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