La muerte de la jueza Vivian Polanía no puede leerse como un hecho aislado ni como una tragedia íntima que se despacha con un pésame apresurado. Su nombre había sido convertido, mucho antes de su fallecimiento, en materia prima para el morbo, la burla y el juicio sumario. Fue expuesta, señalada y reducida a un personaje, no por una decisión judicial cuestionable, no por un acto de corrupción, sino por unas fotografías personales que incomodaron a una sociedad hipócrita.
En Colombia seguimos indignándonos por el cuerpo y no por la conducta; por la forma y no por el fondo. Una jueza que se muestra en redes sociales provoca escándalo nacional, titulares repetidos hasta el hastío y debates cargados de moralina. Un juez que se vende, que prevarica o que negocia sentencias, apenas genera un murmullo cansado. Esa es la medida de nuestra doble moral.
A Vivian Polanía no se le discutió su capacidad jurídica con la misma vehemencia con la que se le juzgó su apariencia. No se examinó su trayectoria con rigor, sino su vida privada con lupa. Se le exigió ejemplaridad estética, pureza simbólica, silencio. Se le negó algo elemental: el derecho a ser compleja, humana, contradictoria. Como si el conocimiento jurídico exigiera renuncia al cuerpo, como si la toga anulara la condición de mujer.
Los medios hicieron lo que suelen hacer: construir un libreto fácil. Titulares llamativos, repetición sin contexto, exposición permanente. El escándalo vende, la reflexión no. Y en ese guion nadie pregunta por las consecuencias, por el impacto psicológico, por el acoso sostenido, por el aislamiento progresivo que genera la humillación pública. Nadie pregunta por los protocolos de acompañamiento, por el deber de protección institucional, por la responsabilidad de quienes debían contener y no exhibir.
Aquí no se trata de santificar a nadie ni de negar errores. Se trata de entender que el castigo público sin límites también es violencia. Que la persecución laboral, el hostigamiento y la burla sistemática pueden arrinconar a una persona hasta dejarla sin aire. Que una vida no se corrige a golpes de trending topic.
La pregunta incómoda sigue ahí: ¿dónde estaban los superiores, los órganos disciplinarios, las oficinas de talento humano, cuando el señalamiento se volvió asfixia? ¿Quién decidió que era más fácil exponer que acompañar, más rentable condenar que proteger?
Que la muerte de Vivian Polanía no sea apenas otra noticia efímera. Que obligue a revisar el papel de los medios, la crueldad de las redes y la cobardía de las instituciones. Que nos confronte como sociedad: ¿qué estamos castigando realmente cuando linchamos a alguien por mostrarse como es?
Que descanse en paz. Y que su hijo crezca lejos de esta pedagogía de la crueldad que tanto daño nos ha hecho.