La creación de Valledupar Ciudad Verde y el inicio de intervenciones en arbolado y zonas verdes entre Mercabasto y la Gobernación muestran que el proyecto ya pasó del papel a la ejecución, lo cual es una buena noticia para una ciudad cuyo paisaje verde se ha deteriorado en la última década. La magnitud del esfuerzo también revela ambición: más de 234.000 millones de pesos en 16 años, financiados con Ingresos Corrientes de Libre Destinación y el 1% de la tasa ambiental, obligan a pensar en grande y a exigir resultados concretos. Bienvenida, entonces, la Concesión Verde, siempre y cuando entienda que ese dinero es de los vallenatos y su verdadera retribución debe verse en árboles sanos, ríos protegidos y espacios públicos dignos.
El riesgo de otra Corpocesar
La experiencia con Corpocesar es la advertencia más contundente: una entidad robusta en formalidades, planes y resoluciones, pero débil a la hora de traducir su misión en cambios tangibles en los barrios, en las cuencas y en la vida diaria de la gente. No se trata de duplicar estructuras que ya existen en el papel, sino de corregir lo que se ha hecho mal: la distancia entre las oficinas con aire acondicionado y las riberas del Guatapurí, del Cesar o de los arroyos urbanos. Si Valledupar Ciudad Verde termina convertida en otro aparato burocrático que vive de estudios, consultorías y comités, el fracaso será doble: se habrá desperdiciado dinero público y se habrá confirmado la sospecha ciudadana de que las alianzas público–privadas son solo excusas para negocios privados.
Un buen negocio para la ciudad
Los números obligan a poner el foco donde debe estar: más de 195.000 millones de ICLD y más de 38.000 millones de la tasa ambiental no pueden convertirse en una renta garantizada para el concesionario, desconectada del desempeño y de la satisfacción ciudadana. El mensaje para el gerente Odacir Camargo y para el alcalde Ernesto Orozco debe ser tajante: este solo es un buen negocio si primero gana la ciudad y después los inversionistas, no al revés. Eso implica contratos con cláusulas serias de cumplimiento, indicadores públicos de gestión y la posibilidad real de ajustar, sancionar o incluso terminar la concesión si no se cumplen metas ambientales verificables.
Críticas que no se pueden ignorar
La Concesión Verde no nace en un vacío político ni social: enfrenta una demanda de nulidad contra el acuerdo que le dio origen y viene precedida por críticas de ambientalistas que se sintieron engañados en el trámite y la socialización del proyecto. Ignorar esa inconformidad sería repetir viejos errores; incorporarla, en cambio, puede ser una oportunidad para corregir el rumbo y legitimar la iniciativa. Si los ciudadanos, los defensores del río, los veedores y la academia no se sienten parte de la vigilancia de Valledupar Ciudad Verde, la narrativa de “negocio amarrado” terminará pesando más que cualquier rueda de prensa oficial.
Un plan por fases, con metas medibles
Para que la Concesión Verde cumpla sus fines, la ciudad debe exigir un plan de acción por fases, con metas claras, plazos y responsables visibles. Una primera fase debería concentrarse en un diagnóstico técnico serio del arbolado urbano y las cuencas, acompañado de transparencia total sobre el uso de los recursos; la segunda, en intervenciones priorizadas por riesgo y beneficio social (barrios más calientes, zonas con mayor deterioro, riberas más amenazadas); una tercera, en mantenimiento sostenido y educación ciudadana; y una última, en evaluación independiente del impacto. Nada de esto será posible si Camargo y Orozco caen en la tentación de medir su éxito en número de contratos firmados y no en la sensación, muy concreta, de que Valledupar vuelve a ser una ciudad verde cuando se camina por sus calles a las tres de la tarde.